Diario Sur

SIN IR MÁS LEJOS

La jauría en casa

Obama tiene que sacar de la Casa Blanca a 'Bo' y a 'Sunny', sus dos perros de aguas. Es el mal menor y ya tenía hecho el cuerpo. Todos los animales políticos, incluso ese pato cojo en el que acaban reencarnados los presidentes crepusculares, se adaptan siempre a los cambios, incluidos los terremotos de gran magnitud. Ignoramos si Trump ama a los animales, y, en caso afirmativo, qué mascota o mascotas hará retozar por los cinco mil metros cuadrados de su nuevo hogar, aparte de algún zorro ártico inmóvil en el armario de su señora. No sabemos si aprobaría el psicotécnico que fija la ordenanza municipal de Málaga para ser dueño de un apacible boxer, aunque quizás prefiera cachorros de tigre por el jardín, pero eso tiene un gran peligro. Putin puede llegar un día acompañado por un oso Mitrofán y ya tenemos cumbre de fieras. De halcones de ala dura que comerán en la mano de Trump habrá amplio muestrario en breve. Pero no quería escribir de primates y rapaces sino de mascotas, cuyo contacto suele hacernos mejores, uno a uno y también como sociedad. Obama ha hecho por la globalización del perro de aguas portugués casi tanto como aquel anuncio de papel higiénico con los labradores. Claro que todo tiene su cara y cruz y tanto 'turcos' como estos últimos, comprados y regalados en muchos hogares a partir de pulsiones diversas, pueden acabar en la perrera municipal. Abrir incondicionalmente un piso a un lindo cachorro no siempre se produce después de una reflexión previa. En Málaga, como en tantas otras ciudades, amor y desamor a los animales son la cara y cruz del boom mascotero. También somos en esto pendulares, y del amor al abandono hay una delgada correa. Crecen las consultas veterinarias, lo hace el gasto en los negocios del ramo, pero también proliferan los dueños irresponsables, los neonazis del pedigrí y los criadores clandestinos de razas de moda. El cóctel de desamor, mercantilismo y la no esterilización preventiva llenan la perrera municipal, con 637 perros y 659 gatos sacrificados en un año. Las cifras bajan, pero el problema sigue. Los recursos no son infinitos y pasado un tiempo sin que nadie los saque del corredor de la muerte, no hay otro horizonte para los animales que la inyección de pentobarbital sódico. El objetivo de sacrificios cero se puede conseguir. Es un reto necesario para el que tocar el bolsillo de los dueños no parece peor idea que rascárselo con la milonga recaudatoria del adn de las cacas. Para llegar a una ciudad sin esta factura de crueldad con los animales no hay que buscarle tres pies al gato. Es un ejercicio de civismo desde niños, pero me temo que seguiremos dando carnet a los dueños sin que se implante jamás el carné básico de padres, como los de la bebé llevada muerta al hospital, golpeada y desnutrida. En la casa había perros que sobrevivieron a esta joven pareja de padres peligrosos sin chip, amantes quizás sólo de otros animales.