Diario Sur

EL EXTRANJERO

Escritores independientes

La noticia era pequeña, venía en página par y, aunque estaba acompañada de una fotografía, la información se perdía en una jornada en la que todo el interés se concentraba en la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. El titular era: 'Taller para escritores independientes' y la noticia estaba referida a una actividad promovida por el Ayuntamiento de Campanillas. Un Seminario-Taller en el que se analizará el mundo editorial y se tratará de explicar a los escritores noveles los pasos que deben dar para publicar sus libros. Una actividad bienintencionada que tal vez les pueda aportar alguna luz a los escritores noveles sobre el intrincado y laberíntico mundo editorial. Todo muy loable. Sin embargo, lo que a uno le llamó la atención es que el taller estuviese destinado a escritores independientes. Si hay escritores independientes, los habrá dependientes. En ese caso, ¿quiénes son?

La cuestión no compete a los responsables culturales del Ayuntamiento de Campanillas, que bastante tienen con sacar adelante proyectos culturales. No, simplemente es el reflejo de algo que empieza a transmitirse en el sector, sobre todo cuando se habla de editoriales independientes. Que uno sepa, desde la extinción de la franquista Editora Nacional -nacida en plena Guerra Civil y clausurada por el primer gobierno del PSOE- en España no hay ninguna editorial estatal ni oficial. Así que el término, supone uno, es un contagio del cine con sus películas indies. Pero la extrapolación no es exacta porque las llamadas editoriales independientes forman parte del circuito comercial exactamente igual que las otras. La única, y gran, diferencia es el poder económico y la magnitud de las empresas. Lo lógico sería hablar de editoriales grandes, o de grupos editoriales, y de editoriales pequeñas, medianas o como las quieran bautizar en razón de su volumen de facturación.

Pero lo que desde luego carece de toda lógica es hablar de escritores independientes. A no ser que se tenga la idea naif y gratuita de que los escritores que publican sus libros en grandes grupos editoriales son gente que se debe a una causa oscura y que escribe al dictado de algún poder corrupto encarnado en la figura de un editor mercenario y sin el menor interés literario, mientras que aquellos que publican en editoriales de un tamaño menor son los paladines de la libertad y la autenticidad artística. Siguiendo esa derrota, los que editen en sellos marginales tendrían una dosis mayor de independencia y los que no publican en ninguna parte ostentarían la mayor densidad de pureza que soñarse pueda. La cosa, qué le vamos a hacer, es un poco más compleja. Y aunque es cierto que una parte del mundo editorial se ha entregado a la subcultura y al rendimiento inmediato igual de cierto es que en esos grandes latifundios editoriales conviven escritores con alma de sátrapas y virtuosos, y que en los minifundios hay autores que están deseando vender su alma literaria al diablo y verdaderos santos laicos. Pero todos, beatífica o malévolamente, son independientes.