Diario Sur

RELACIONES HUMANAS

Endiosados datos

Parece arte de magia. Nos conectamos a Internet y, apenas hemos entrado en el periódico de cabecera o en la página de información meteorológica, a ambos lados de la pantalla se despliegan ofertas comerciales que hablan de nosotros. Saben de nuestros hábitos y nuestras preferencias. Nos interpelan con una turbadora familiaridad como si llevaran tiempo espiándonos los movimientos, las conversaciones y se diría que hasta los sueños. Los mensajes nos muestran los libros de nuestros autores favoritos y las mejores promociones de productos que teníamos en mente adquirir sin haber tomado aún la decisión de compra. ¿Cómo demonios han llegado hasta ahí? Simplemente, alguien ha convertido en oferta publicitaria a nuestra medida unos datos obtenidos de nuestros movimientos en el teclado.

Una nueva amenaza se cierne sobre la humanidad: los datos. Las posibilidades de obtención y almacenamiento de información merced a la tecnología han adquirido tales dimensiones que hoy las máquinas ya saben de nosotros infinitamente más que nosotros mismos. Y eso ocurre en parte porque nos hemos encargado de facilitarles datos en una incesante transferencia que empieza al conectar el teléfono móvil, continúa en el rastro que dejamos al hacer búsquedas en Google y se multiplica cada vez que hacemos una compra o damos al &lsquolike&rsquo en el despreocupado vagar por las redes sociales. Visto con pesimismo, se podría decir que la pesadilla tecnológica ya está aquí. Los &lsquoBig Data&rsquo nos han desbordado no solo por su inmenso volumen, sino sobre todo por la velocidad a la que avanzan, mucho mayor de la que la mente humana y su capacidad de adaptación emocional son capaces de adquirir. El lado optimista lo ofrece la evidencia de las incontables aplicaciones médicas, productivas, de seguridad y de confort derivadas del procesado de cantidades ingentes de información. No está nada lejano el día en que los algoritmos nos permitan prevenir determinadas enfermedades antes de que estas se presenten, luchar contra el fraude, circular en automóviles sin conductor y sin riesgo de accidentes, encontrar la ocupación más adecuada a nuestras capacidades &ndashsi es que quedan trabajos no desempeñados por las máquinas&ndash o contar con los políticos más honrados y competentes, quién sabe si omitiendo el engorroso trámite de elegirlos democráticamente. ¿Pérdida de libertad? Según se mire. Hay quien ha visto en los datos masivos un alto valor emancipador dado que, si bien aumentarán el control al que real o potencialmente estemos sometidos, nos liberarán de cargas innecesarias en la toma de decisiones. La cuestión no es aceptar u oponerse a la dictadura de los datos, sino aprender a vivir en ella y a beneficiarse de sus bondades.

Entre estas dos aguas se mueve el nuevo libro del historiador Yuval Noah Harari, quien ya en &lsquoDe animales a dioses&rsquo (2014) nos dio muestras de su clarividencia para explicar cómo el Homo Sapiens ha llegado hasta aquí. Si entonces la mirada iba dirigida a nuestro pasado, ahora &lsquoHomo Deus&rsquo (Debate, 2016) lleva la reflexión a un futuro inminente sometido al imperio de la tecnología en el que el viejo humanismo va camino de ser sustituido por el dataísmo. Es decir, nuestra vida va a estar regulada &ndashya lo está, al menos en determinados aspectos&ndash por «una nueva narrativa universal que legitima la autoridad de los algoritmos y de los datos masivos». Los saberes humanos y las instancias decisorias individuales y colectivas de las que nos servimos quedarán en segundo plano, desplazados por un sistema basado en el manejo de información a gran escala que ofrece mayores garantías de acierto.

El dataísmo, recuerda Harari, ha invertido la pirámide tradicional del conocimiento. De los datos considerados como el primer eslabón de una cadena intelectual (antes la obtención de datos servía para tener información, y esta para alcanzar el conocimiento que llevaba a la utilidad y la sabiduría, o a ambas metas a la vez) hemos pasado a una «religión de los datos» donde son estos los que dictan las reglas. Cuando el nuevo sistema de procesamiento &ndashlos &lsquoBig Data&rsquo evolucionados a los &lsquoSmart Data&rsquo&ndash global y más eficiente se imponga (la llamada &lsquoInternet de Todas las Cosas&rsquo) el Homo Sapiens desaparecerá para dar paso al &lsquoHomo Deus&rsquo. ¿Profecías delirantes? No tanto si observamos la sumisión entusiasmada con la que ya no los técnicos o las élites del conocimiento, sino los individuos de toda condición se entregan a la nerviosa ceremonia de la conexión perpetua. Si hoy ya «el mayor pecado es bloquear el flujo de datos», no extraña que una de las mayores causas de malestar y de infelicidad resida en la falta de conexión. Quizá no exagere Harari cuando sostiene que a la gente no le importa nada perder su libertad, su autonomía y su individualidad a cambio de estar conectada, de formar parte del flujo de datos: somos minúsculos chips dentro de un sistema descomunal que no entendemos pero que ya nos supera. Y que evoluciona a tal velocidad que los asombros de hoy quedarán enseguida ridiculizados por los que nos esperan a la vuelta de la esquina.