Diario Sur

POR AHORA

Comandante en jefe

Dicen que el 'Air Force One' es un avioncete comparado con el suyo. Tampoco la Casa Blanca es demasiado lujosa ni compleja, en comparación con la vivienda habitual del 'presidente Trump'. Parece que la vida cotidiana del reciente ganador de las presidenciales USA tendrá que sufrir una severa cura de austeridad. Se acabarán por ahora la grifería de oro de 24 quilates y otros lujosísimos detalles habituales de la rutina del magnate. Son las paradojas de estos tiempos nuevos.

Como en todo, tras este episodio histórico que ha llevado a la victoria al recién electo presidente, hay dos corrientes mayoritarias de opinión. De un lado, las que se refieren a él en público llamándole tipejo u otras lindezas y se muestran en un estado de pesimismo que bordea la desesperación. De otro, aquellos que se han apresurado ya a interpretarlo lo más positivamente posible y afirman que nada pasará, pues el poder y las instituciones moderan. Justificadas puede que estén las dos posiciones. No es probable que todo estalle en USA y lo que de este país depende por la irrupción de la magistratura de Trump, pero tampoco cabe relajarse hasta el extremo de olvidar algunas de sus promesas, muchos de sus exabruptos y el significado de muchas de sus salidas de tono. Todo ello necesariamente traerá sus consecuencias en la impronta de este nuevo timonel de la nación más poderosa del mundo.

Al analizar su discurso, ante los resultados ganadores al final de la noche electoral, la inesperada moderación exhibida, así como las palabras de aliento y reconocimiento para con su contrincante, Hillary Clinton, fueron en Trump sorprendentes. Tanto como lo ha sido posteriormente su reconocimiento parcial al llamado 'Obamacare' y expresado su propósito de mantener buena parte de los planteamientos de esta reforma sanitaria. Ahora bien, hay muchas preguntas en el aire y presumiblemente surgirán muchos conflictos en cuanto el presidente USA haga frente a la más pequeña porción de sus promesas electorales.

El mundo y su equilibrio -o su desequilibrio- son muy frágiles. Puede que a partir de ahora la OTAN ya no sea la OTAN que hasta aquí hemos conocido, puede que el perseguido tratado de libre comercio quede bajo llave o en un lugar aún más inhóspito. Haya muro con México o no -lo pague quien lo pague-, algo más que un muro hemos visto ya alzarse entre ambos países y con el resto del mundo hispano o latino; ya veremos a dónde lleva y en qué queda. Veremos o no llegar los aranceles aduaneros en tropel con la puesta en marcha de medidas proteccionistas. Tiempos serán éstos de ver redefinir las relaciones de América con Rusia, al menos los guiños mutuos entre Putin y Trump así lo preconizan. Todo ello, sin entrometernos en su política doméstica, ya sea la brindada construcción de infraestructuras o la anunciada radical disminución impositiva, así como la inevitable relación de proporcionalidad entre ambas promesas.

Es muy aventurado desentrañar al presidente Trump y las consecuencias de su llegada, y mucho más su ejercicio. El tiempo revelará el misterio, pero aunque los grandes esquemas internacionales puedan permanecer inalterables -que ya veremos-, la confortable sensación de previsibilidad que producía la administración Obama o la que pudo venir de H. Clinton han dan paso a otra realidad. Las dudas y los innegables riesgos que comportan que el candidato histriónico, ciertamente grosero por momentos, rompedor y de populista discurso, haya alcanzado el objetivo en el que acaso nunca creyó son una realidad tangible.

Dicen las malas lenguas que Trump es el primer sorprendido por su victoria, por eso le costó, y mucho, hacer su discurso de presidente electo. Recuerden su rictus en la noche electoral, la seria expresión de su cara, casi rayana en el disgusto, una vez despejadas todas las incógnitas. Su discurso, extrañamente moderado, reflejaba a las claras que se encontró ante un escenario inesperado, quizá hasta indeseado. Algunos cuentan que, en privado, tras las bambalinas, Donald Trump comentó que esa noche comprendió como nunca el sentido de las palabras de Groucho Marx cuando dijo: «Jamás pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo».