Diario Sur

El muro de Trump

No ha ordenado Donald Trump la detención de Obama como fundador del Daesh y tampoco le ha echado del país por no haber nacido en él. Estas son sólo dos de las acusaciones que Trump ha lanzado en campaña contra el que ha anunciado, con exquisitos modales democráticos, que el que amenazó con no aceptar los resultados electorales si perdía, es ahora su presidente, su jefe. Hay que ser norteamericanos antes que demócratas o republicanos, ha dicho Obama.

Ojalá que la mayor parte de las burradas que ha proferido Trump en campaña queden en eso. De lo contrario, podemos prepararnos para la voladura sistemática de todos los avances logrados por Obama y para un zafarrancho caótico en el panorama internacional. Trump ha dicho que es muy de Putin. Lo cierto es que el populista Trump ha tocado bien la tecla de los indignados en EEUU, los que han perdido estatus social después de los ocho años políticamente correctos de Obama. Los que como en tantos países europeos, desde Noruega a Holanda, de Grecia a Dinamarca, piensan que la patria pura está en peligro y hay que limpiarla de adherencias.

El 'Brexit', antecedente penal del éxito de Trump, conecta el mundo por la vía del populismo, que antes de triunfar en los EE UU ganó en el corazón de Europa, Hungría, y amenaza con triunfar en Francia.

El mismo esquema de frases simples para problemas complejos, derroche de testiculina, elogio de la ignorancia y rechazo a los políticos convencionales. ¿Cómo es posible que un sujeto que ha atacado a las mujeres, a los inmigrantes, a los discapacitados, incluso a los veteranos de la Guerra de Vietnam de su propio partido, haya sido votado por los vilipendiados? Muy posiblemente porque ha mostrado más cercanía con algunos de ellos que Hillary Clinton, que no ha movilizado a los que votaron a Obama.

Trump no ha ganado en ninguna ciudad de más de un millón de habitantes. Clinton ha ganado en las grandes ciudades, pero Trump en los suburbios. Esto ya pasó en Europa, cuando los obreros de la Banlieu de París pasaron de votar a los comunistas a beber los vientos por Le Pen, padre. Las bolsas, que hemos decidido que son un termómetro, se han tomado con alegría el triunfo de este populista construido desde la televisión y que es una demostración con patas de que cualquiera puede ser presidente de EEUU.

Queda por saber ahora cuál es la distancia entre las bravatas de la campaña y los hechos del gobierno, pero el destrozo ya está hecho. La política de difusión de odios, de mentiras superpuestas, de desprecio al que no piense como yo, ha sido legitimada por las urnas. No creo que se pueda levantar un muro mayor.