Diario Sur

VOLTAJE

Lucha de bares

Anoche vimos las fotografías de la concentración que convocaron los hosteleros de la plaza Mitjana para defender sus bares del acoso del Ayuntamiento. A pesar de lo atractivo de la propuesta, acudieron a duras penas unas cincuenta personas. El noventa por ciento eran hombres, por cierto, en la imagen sólo se ven tres féminas, que lo mismo ni siquiera estaban allí por la concentración. Es lo malo que tiene caminar entre manifestantes, que pueden confundirte con uno. No sería la primera vez que detienen a alguien simplemente porque pasaba por allí, ni que la policía carga contra un vendedor de cupones. Son peligros con los que conviven a diario los ciudadanos por el mero hecho de serlo, como que te parta un rayo o que te cierren el bar. Pero no salgamos de nuestra concentración, no nos desconcentremos: manifestarse en defensa de los bares es una de las cosas más bonitas que el hombre moderno ha heredado de la lucha obrera. Aunque hayan ido 50 personas, es así.

Quizás habría sido más ingenioso haber convocado la concentración el sábado a las dos de la mañana. Seguro que habría ido más gente. Los empresarios, no contentos con la convocatoria, también han creado una de estas solicitudes de firmas en Internet que se han convertido para nuestra sorpresa en una manera bastante cómoda de practicar la democracia. Luchar por tus derechos en pijama es en realidad un símbolo total de la modernidad. Además, gracias a change.org se han conseguido muchas cosas. Algunas increíbles, como que el PP vote a favor de un referéndum y luego argumente su prohibición y la tache de imposible, hecho tan extravagante como que en Málaga los que ponen las terrazas se sientan acosados.

La petición de firmas, lanzada por un tal Francis Mitjana (todo queda en casa), está ya a punto de conseguir su meta, 1.000 firmas. Lo que ocurrirá cuando alcance esa cifra es un misterio. Esto es porque su objetivo es en realidad demasiado abstracto: que la plaza homónima sea tratada como «una zona de especial afluencia». Quizá una especie de zona cero de la sociabilidad y el buen rollo, el paraíso de la gente aparentemente feliz. Que los empresarios desmientan que lo ocurre allí es una anomalía también resulta sorprendente. La guerra de pancartas en los balcones tampoco está ausente de enjundia. Puede que lo que pase aquí es que la gente ya no cabe en los bares que ya existen y tienen que salirse fuera. En ese caso los vecinos tendrían que pedir lo contrario: más bares. Así ayudarán a los empresarios en esta endurecida lucha suya por vivir de la hostelería. Dicen que todos los fines de semana les ponen multas por copas que ellos no han puesto. Tendrán sus motivos, pero su actitud es como aquella frase inolvidable de un político local: «aquí el botellón no existe, sólo es gente que bebe en la calle». Pues lo mismo.