Diario Sur

LA TRIBUNA

Huérfanos de ideas

Hace ya ocho años que, al día siguiente de la elección de Obama, publiqué en este mismo espacio un artículo que titulé 'Una lección de grandeza'. Pues bien, la elección de Trump ha estado precedida de la campaña más agria y rastrera -que yo recuerde- celebrada en ese país. Durante el desarrollo de este relato para no dormir, lo único que ha faltado es que llegaran a las manos. Hasta los más de cien días de campaña que hemos padecido hasta la toma de posesión del actual gobierno me han parecido soportables. Trump propone curar heridas (luego las ha habido) y su nuevo tono conciliador ha apaciguado la caída de los mercados, que a él tampoco le interesa. Nuevas ideas pocas.

Hace pocos días el espléndido pregón del Domund, pronunciado por la declarada 'no creyente', y excelente periodista, Pilar Rahola en la Sagrada Familia de Barcelona, resaltaba que, frente a la actual orfandad de ideas, la labor realizada por muchos misioneros cristianos, llegando hasta la prueba incontestable de jugarse la propia vida en aras de unas ideas trascendentes, constituyen un faro en la niebla de los totalitarismos o populismos de izquierda o de derecha y de una adormecida ética laica. Y es de esta nebulosa presente de la que quiero hablar.

Todos estamos convencidos de lo saludable que sería para España que existiese un partido socialista serio, responsable y con ideas. También de la conveniencia de un partido conservador cuya obsesiva preocupación, justificada pero no suficiente, por la economía, no lo acabe convirtiendo en un epígono del materialismo histórico sustentado por tecnócratas. Parece lógica la pregunta que se hacía el profesor Cruz en 'El País': ¿Todos socialdemócratas? A la vista de los previsibles candidatos a acceder a la secretaría general del PSOE nos tememos lo peor. No se puede encargar el arreglo de una catástrofe a quienes la han propiciado. Lo que el socialismo necesita no es la refundación del partido sino una revisión ideológica de la socialdemocracia. O si ustedes quieren una refundación basada en ideas y no solo en estrategias para acceder al poder. Pero ¿qué ideas?

Decía Hayek que «la izquierda socialdemócrata viene a ser una hija espuria de la derecha liberal». A costa de repetir las famosas preguntas: «¿libertad para qué? ¿Para dormir bajo un puente?», se ha llegado a extremar la necesidad de un Estado absolutamente provisor, conducente a la más radical externalización de la responsabilidad de un pueblo entregado a ese dios mortal. Conseguidas gran parte de las justificadas demandas igualitarias, una izquierda con mentalidad de 'niños de papá', que se aprovecha de lo heredado sin preguntarse cómo pudo ser obtenido, ni como pagar las nuevas reivindicaciones, rehúsa a un análisis razonable y ético de la realidad que permita dar respuesta a las demandas sociales.

Si algo ha puesto de manifiesto estas últimas elecciones presidenciales americanas es que, la globalización económica tiene tal alcance, que la incertidumbre de sus resultados ha hecho contener la respiración de todos los habitantes del planeta. Hoy es difícil escapar a los planteamientos macroeconómicos -económico-planetarios diría yo- inventando soluciones parciales, por muy originales y lúcidas que parezcan. La realidad es tan tozuda y fría como la báscula del cuarto de baño. Y los kilos y la deuda exterior suman lo que suman. En parte estoy de acuerdo con el profesor Fraile en que: «el problema es que muchos socialistas no comprenden que la lucha contra la pobreza y la exclusión ha de hacerse hoy a través de mecanismos de mercado, en vez de usar la fiscalidad y la redistribución como panacea». Y digo «en parte» no porque lo que dice no sea real, sino porque la inexorabilidad de los hechos no pueden hacernos renunciar al intento de encontrar 'nuevas ideas' para mejorar esa realidad. Este es el tajo para trabajar en los partidos de cualquier signo: «nuevas ideas para afrontar la realidad», sea desde una ética laica o religiosa. Y en vez de destruir instituciones, como las de la familia, o el respeto a la vejez, reconocer su esfuerzo en épocas de crisis y reforzar y agradecer su papel coadyuvante. En vez de dedicar tanto tiempo en denostar y anular todo lo que huela a tradición o espiritualidad, aprovechar su función social y concentrarse en conseguir lo posible para dignificar al hombre en todas sus facetas.

Pilar Rahola llega al extremo de decir literalmente que «el catecismo -católico creo entender, es el programa político más sólido y fiable que podemos imaginar». No llego yo a decir tanto, pero sí a que una lectura sosegada de los macarismos de Cristo y el programa de las obras de misericordia por Él propuesto, serían una relectura saludable para muchos políticos. Trump incluido.