Diario Sur

TRABAJAR CON TRUMP

Lo que hace un año parecía impensable paso a paso se ha ido haciendo posible hasta llegar a este histórico 8 de noviembre en el que los votantes de los Estados Unidos han provocado un seísmo político de alcance planetario eligiendo como presidente Donald Trump.

Su victoria desafía las inquietudes de muchos y los cálculos de casi todos, pero no es una sorpresa absoluta si se tiene en cuenta la recuperación de la candidatura de Trump que los sondeos venían registrando.

Tampoco el vencedor del martes es un producto enteramente desconocido en la política norteamericana. Es típica de ésta la confrontación recurrente entre el político profesional de Washington -en este caso, ella, Hillary Clinton- y el 'outsider' que entra en la carrera presidencial denostando los circuitos de poder establecidos. El populismo aislacionista que Trump ha explotado con tanta eficacia es una corriente bien conocida de esa política. Trump, en suma, no es un accidente, sino la expresión superlativa de factores endógenos de una cierta cultura política siempre presente en los Estados Unidos que ahora -y no es poca diferencia- ha llegado a la Casa Blanca.

Es destacable que Trump haya aprovechado su primera alocución pública para lanzar a los estadounidenses y a la comunidad internacional un mensaje conciliador bien distinto a los excesos de su campaña. Frente a los pronósticos apocalípticos, esta circunstancia debería hacernos recordar que Estados Unidos es la gran potencia democrática del mundo, que cuenta con una poderosa social civil que la articula. Su experiencia constitucional acredita el funcionamiento de los frenos y contrapesos, los 'checks and balances' que hacen del sistema institucional un mecanismo de gobierno complejo en el que no caben engranajes sueltos. Tampoco Trump, que no sólo tendrá que gobernar con las reglas del juego y las limitaciones del sistema, sino también con la restricción que supone la división que ha provocado en el seno del Partido Republicano de donde tendrán que salir los equipos de la nueva administración.

Donald Trump no es el primer presidente que gana las elecciones prometiendo concentrarse en los problemas internos del país. Lo hizo Bush y apenas nueve meses después de tomar posesión, los atentados del 11-S marcaron irremisiblemente su presidencia volcando hacia la necesidad de responder a este nuevo desafío estratégico. Lo hizo también Obama, que prometió irse de Afganistán y adelantó la retirada de Irak y deja la presidencia no sólo con las dos guerras que heredó sino con una tercera, la de Siria, que día a día suma un coste humano y político devastador. Faltan horas para que Trump descubra que la realidad es mucho más compleja, desafiante y peligrosa de lo que se puede describir en una campaña electoral. «Hacer que América vuelva a ser grande» ha sido el lema de campaña de Trump. Pues bien, esa grandeza de América es indisociable de su papel de liderazgo global con el que no sólo protege intereses esenciales de todos como la libertad de navegación o la lucha antiterrorista, sino que al hacerlo, garantiza sus propios intereses nacionales.

Trump se ha mostrado como un populista, es decir, como alguien que propone soluciones sencillas a problemas complejos. Para explicar su victoria no debería acudirse a una suerte de populismo intelectual que, a su vez, explique de manera simplista procesos sociales más complejos de lo que pudieran parecer. En los últimos años un buen repertorio de investigaciones de primer nivel académico han puesto de manifiesto el deterioro de las clases medias en Estados Unidos, la creciente marginalización de un sector de la población blanca afectado por la precariedad, la desestructuración familiar y la caída dramática de sus condiciones de vida y salud. Reconstruir el «sueño americano» -incluso descontando lo que hay de mitificación en ello- suena esperanzador a los que sienten que la movilidad social se ha detenido, que la salida a la crisis ha beneficiado a los poseedores de riqueza financiera y que la globalización y los acuerdos de libre comercio son la causa de su desempleo.

Europa es, probablemente, la región donde el triunfo de Trump se ha visto con mayor aprensión. Sin embargo, poco debe Europa a Obama, sin duda el presidente con menor sensibilidad europea de los que pueden recordarse. Es urgente que la Unión Europea salga de su malestar y se disponga a trabajar en una interlocución abierta e intensa con el nuevo inquilino de la Casa Blanca.

La seguridad y la lucha contra el yihadismo, el futuro del tratado de libre comercio e inversión (TTIP), la posición de Rusia y el nuevo papel de superpotencia que quiere consolidar y la propia situación interna de la Unión tanto económica como institucional aconsejan salir pronto del desconcierto ante Trump e invertir esfuerzos en la relación transatlántica. Trump desde el martes es el nuevo presidente electo de los Estados Unidos. Sus interlocutores no pueden ser los populistas del 'brexit' o Le Pen, sino los gobiernos responsables que tienen que trabajar para la estabilidad internacional.

Que las cosas hubieran sido más fáciles con Clinton no es motivo para no ponerse a la tarea de construir una relación provechosa con Estados Unidos, sino más bien la razón más clara para trabajar con más dedicación y claridad de ideas.

Mientras tanto, Obama experimenta un decepcionante final para una presidencia cuya narrativa parece haber sido muy superior a su capacidad para materializar las transformaciones que prometía.