Diario Sur

FÚTBOL ESCRITO

RECUERDOS DE INFANCIA

Antes todo era distinto. A veces nos da por pensar que cualquier tiempo pasado fue más auténtico, gracias al trabajo que hace la mente para dejar más recurrentes las experiencias positivas y meter en el saco del olvido lo desagradable. Antes había humo en las gradas de La Rosaleda, que por cierto estaban aquejadas de aluminosis en los años malos de los embargos de trofeos y amenazas de desapariciones; y había botas de vino que iban y venían. Sus bebedores recibían una ovación de los vecinos de grada al apurar el chorro, mientras que se repasaban las líneas del área y el punto de penalti con un carrito que dejaba caer cal cuando se apoyaban las dos ruedas traseras. A un lado de la portería de Gol se pintaba también con ese carrito una raya curva tras la cual se situaban los fotógrafos de prensa, y era una frontera que a veces se saltaban si el abrazo de los jugadores del Málaga tras marcar en el último minuto el tanto de la victoria era digno de foto de portada para el día siguiente. Estaba el foso, al que saltaban rápido los chaveas recogepelotas si el equipo iba perdiendo, y con parsimonia si el viejo marcador de las bombillas rojas era favorable a los locales. Durante un tiempo hubo colgados varios altavoces justo sobre el centro del campo, con cables desde cada una de las cuatro esquinas, y hay quien dice que algún portero estrelló el balón en ellos con un saque largo. Entonces el equipo visitante salía primero al césped, y normalmente se llevaba su pitada; y luego se acompañaba la salida del Málaga con papelillos al estilo argentino. No digo que todo esto fuera mejor que lo de ahora, pero son recuerdos imborrables de una infancia en La Rosaleda.