Diario Sur

GOLPE DE DADOS

Donald Trump: del asco al miedo

A principios de 1969 Charles De Gaulle, presidente de la V República Francesa, tras las míticas movilizaciones de mayo del año anterior, le preguntó a su ministro de Cultura, a la sazón el antiguo comunista y original escritor André Malraux. «André, ¿debo convocar un referéndum revocatorio de mis políticas?» «No, mi general, no debe hacerlo?; De Gaulle le ladró: ¿cómo que no debo?, usted sabe que ante todo soy demócrata», Malraux lo miró fijamente y contestó: «por eso mismo, mi general, un verdadero demócrata no pregunta tanto»; traigo a colación esta anécdota porque siempre me ha escandalizado la respuesta de Malraux justo hasta el día de ayer en que Donald Trump se alzó con la primera magistratura del país más poderoso de la tierra. A veces duele ser demócrata. Nada que objetar acerca de la naturaleza sagrada e intocable de los resultados electorales, el acatamiento a la decisión de la mayoría es la esencia de los sistemas democráticos, pero también en su grandeza se encuentra su debilidad, como ese gusano que nace y se desarrolla dentro de la Gran Manzana. No olvidemos que unas elecciones llevaron al poder a uno de los principales genocidas de los tiempos modernos, me refiero a Aldolf Hitler, de infausta memoria. Trump no es Hitler, no lo es, pero la enorme retahíla de sus virtudes claman al cielo, los adjetivos se acobardan; la verdad es que el pato Donald ha demostrado ser fundamentalmente maleducado -Alcántara ajustó con precisión-, pero además es un descarado misógino, homófobo, xenófobo, violento, espécimen del vomitivo término 'nacional populismo' y ante todo es decididamente un iletrado. Me pregunto qué autores lee y qué colección de arte posee.

Trump niega pertenecer al 'establishmen' que le hizo rico y, como nos recuerda Francisco Reyero, no es más que el león del circo de un tinglado de plusvalías no sujetas a impuestos que además se niega a pagar porque para él los adinerados son intocables; desde la perspectiva europea ni siquiera un ser tan despreciable como Berlusconi puede comparársele, además, sólo con echar una ojeada a sus amigos se nos pone la piel de gallina. Personajes como Marine Le Pen, Vladimir Putin, y potingues de idéntica ralea, están que no caben de gozo.

El Partido Republicano ha llegado a esta victoria espuria después de ocupar, durante muchos años, la defensa más clara de los valores de la constitución de 1776, y aunque ahora su núcleo duro jure y perjure que le someterán a un control exhaustivo, el poder de los presidentes norteamericanos es similar al que ostentaba Luis XIV, el rey Sol, con la única diferencia de las elecciones periódicas. De cualquier manera, la responsabilidad del Partido Demócrata en su brutal batacazo es absoluta. Los demócratas se atemorizaron con el programa social a la europea del viejo profesor Sanders, defecaron sobre sus mejores valores progresistas y lanzaron a Hillary Clinton, símbolo de una red oscura de intereses políticos y económicos, a la muerte social junto a su partido. Y ha sido un inmenso error, porque al menos con Sanders hubieran muerto dignamente, como el general Custer, con las botas puestas.