Diario Sur

LA ROTONDA

Un charlatán

Es difícil no dejarse vencer por la tentación de mirarlo desde el prisma más egoísta y preguntarse qué consecuencias tendrá para la industria turística y su perenne aspiración de recuperar a los visitantes americanos que en su día llenaron las habitaciones del Don Carlos o Los Monteros.

Uno podría ser más egoísta aún y preguntarse también si después de esto, con un socio imprevisible que mira con cariño a Putin y desprecia a sus aliados, los británicos no se lo pensarán mejor y volverán a plantearse lo del Brexit, esa tragedia para la Costa del Sol. Si fuera así, el nuevo dolor de cabeza apaciguaría el anterior al menos a la espera del próximo, que se producirá cuando la eufórica Marie Le Pen de ayer comparezca ante las urnas en las elecciones francesas.

Sin embargo, todo es tan desolador y al mismo tiempo tan inquietante que lo único que se puede ir sacando en claro es que no es el momento de ser egoístas.

Estados Unidos es un país admirable en muchos sentidos, pero también deplorable en otros. Quizás para desmentir a los cautivos de los esquemas fijos que pontifican que las elecciones siempre se ganan por el centro, Trump se impuso el martes con una propuesta radical, aislacionista, racista, xenófoba y misógina. Hay muchas formas de alejarse del discurso insípido llamado de centro pero ésta es la más deplorable.

Ganó con un discurso que cautivó a las mayorías que intuyen que esto no va bien. Lo suyo -enfrentar a los penúltimos con los últimos en el reparto, aprovechar con oportunismo el bien ganado desprestigio de las instituciones, prometer un viaje imposible a la prosperidad pasada- como receta de los males actuales no es más que una trampa que convierte a sus propios votantes en carne de cañón, pero constituye el síntoma que mejor explica el divorcio entre las elites institucionales y culturales y la realidad que golpea a las mayorías.

El triunfo de Trump no sólo ha venido a confirmar que las elecciones no se ganan desde el centro, sino también para ponernos frente a esa mirada esquizofrénica, con dosis a partes iguales de secreta admiración y pretendida superioridad moral, con la que solemos observar a Estados Unidos. Una mirada que permite acusar de populista y demagogo al candidato que quiere un muro en la frontera de México mientras se lanza una acusación idéntica de demagogia y populismo a quienes cuestionan las concertinas en la frontera de Ceuta. La misma mirada hipócrita que más temprano que tarde convertirá las críticas en adulación, tan pronto como el nuevo presidente se asiente en el salón oval.

Los resultados de ayer no auguran nada bueno. Sólo queda la esperanza de que detrás de Trump no haya un proyecto político, sino un charlatán sin la menor intención de cumplir sus promesas.