Diario Sur

SINÉCDOQUE

AMARILLA

A veces me puede la poesía. Me tiembla la poesía. Me entra en las venas "»como entra un cuchillo por el agua, quedándose doblado», tal y como describía el Maestro en 'El embarcadero'. Es la misma poesía la que habita el amor y el dolor, aunque se deje ver más en la pobreza que en la grandeza, quizás para compensar. No es fácil escribir sobre la felicidad, resulta mucho más productiva la agonía, más interesante la lucha que la paz, más emocionantes las puertas cerradas. Buscar una llave oxida el tiempo. La vida se vuelve amarilla cuando podría ser «amar y ya».

Me puede la poesía porque lo transforma todo, lo conquista o, más bien, lo evoluciona. Mientras que «todas las ideas de felicidad acaban en una tienda», como sentenciaba con tanta razón Zygmunt Bauman, todas las ideas de dolor van a una poesía y cambian, inmediatamente, se vuelven raras y hermosas. Hubo una época en la que estaba convencida de que debería haber más poetas en las agencias de publicidad, hoy creo que el marketing no merece tal cosa, tampoco lo sabría apreciar. Mientras la poesía convierte 'la cosa' en metáfora, la publicidad cosifica con metáforas forzadas. Y aún peor, hay quien cree que se puede producir creatividad en cadena, ideas envasadas, códigos éticos de barras.

El mundo merece una poesía independiente, una edición ilimitada de filosofía, un espacio abierto al debate, donde los duros argumentos se dobleguen en diálogos como aquellos cuchillos al entrar en el agua. El mundo merece una oportunidad más, un libro más, un periódico impreso más, una tertulia más, un poema más, solo uno más hoy y mañana ya veremos si somos capaces de no destruirlo todo con un cupón de descuento. Observo un hambre infinita de cosas hermosas y un ansia idiota de cosas fútiles, como el dinero, esa llave que oxida nuestro tiempo y vuelve la vida amarilla.

A veces me puede la rabia y salgo a comprar un libro de poesía, uno más, una penúltima oportunidad.