Diario Sur

ABOGANDO

JUBILACIONES ANTICIPADAS

EL otro día me encontré en Marbella con una antigua amiga que trabajaba en mi banco hasta que se jubiló. Iba feliz, con su buen humor de siempre, con un aspecto envidiable y a toda velocidad. Se detuvo, sin embargo, para hablar conmigo y me comentó que su situación laboral actual hacía honor a la acepción del término que está en desuso: viva alegría, júbilo. Y que llevaba prisa porque había quedado a comer con su madre que la esperaba en un conocido restaurante. Sebastián me llamó la atención sobre lo extraño que resultaba que una jubilada pudiese compartir el almuerzo con su progenitora y no en un hospital, un asilo o una casa de reposo sino en un establecimiento de comidas abierto al público. Algo no concordaba. Porque aquellos que han abandonado la vida activa podrían reunirse con sus hijos y con sus nietos pero, generalmente, no con las generaciones que les precedían que habrían ya pasado a un mundo mejor. Líbreme Dios que querer mal a la señora comensal, tampoco a su hija, pero si mi amiga se dejase, la volvería a su puesto de trabajo. Porque la echamos de menos y porque tiene todavía mucho que dar de si. Ahora, que las pensiones están en un tenguerengue y no sabemos cómo se pagarán en el futuro. Hemos echado mano a la caja que, entiendo, estaba para emergencias y no va quedando nada. Vamos a tener que financiarlas, parece, con impuestos y tampoco está el horno para muchos bollos.

Hace un tiempo se alargó tímidamente la edad para acogerse a retiro y la iniciativa cayó regular no más. Mientras tanto, lo que se alarga indefinidamente es la edad del retiro definitivo. España tiene una esperanza de vida superior a casi todos los países. Creo que el único que nos gana es Japón donde la gente no se muere porque no tiene donde enterrarse. De pié cabe mejor en las superpobladas islas. En pocas décadas se ha duplicado la edad media de los que se despiden y la vida laboral sigue casi igual. Tampoco se integran con mucho entusiasmo los jóvenes, no porque no quieran sino porque escasean los puestos. Así que la perspectiva es negra, con perdón. Creo, modestamente, que salvo excepciones, dejar de trabajar es una desgracia, especialmente para los varones. Hay que tener imaginación para llenar las horas que antes se dedicaban a laborar y cuidarse mucho de que a uno lo empleen para actividades no siempre apetecibles como arreglar los desagües de casa, limpiar los excrementos del gato y cuidar que no se aparque otro ciudadano donde desea hacerlo un pariente que ya viene. La lectura, la televisión -los programas de la 2, se entiende- terminan por ser un paliativo insuficiente. Las largas conversaciones, las tertulias del casino donde siempre se dice lo mismo no son bastante para llenar el día. Las memorias tampoco dan para tanto y se corre el riesgo de llegar a la vejez de manera definitiva si se hace caso al proverbio indio que dice que esta etapa comienza cuando los recuerdos pesan más que las esperanzas. Lo que debe hacerse, a mi entender es retirarse poco a poco. Por ejemplo, a los sesenta y cinco, empezar a trabajar sólo por las mañanas, digamos cuatro horas. A los setenta, tres días a la semana. A los setenta y cinco, dos días y así hasta que llegues a los ochenta y entonces te dan el almuerzo de despedida y te regalan un televisor que puedes disfrutar los siguientes veinte años. Te vas acostumbrando a la molicie y tienes tiempo de imaginarte qué hacer. Es una idea, seguramente no muy popular pero es mía. Si no gusta, como diría el señor Marx, tengo otras.

Es que cada vez viviremos más. La genética permitirá detectar las enfermedades a las que somos propensos y podremos combatirlas antes que nos ataquen. Dicen que el golf prolonga la vida y cada día su popularidad mejora; hasta que las guerras serán menos mortales en el futuro. Espero, por el bien de los pobres sirios que esto sea pronto una realidad. Sin hablar de los trasplantes que permitirán el recambio de las piezas estropeadas, de los cordones umbilicales que permitirán guardar lo necesario para una calamidad, de los avances tecnológicos que te permiten explorar el cuerpo hasta sus detalles más íntimos y recónditos.

Y una cosa: hay que cuidarse pero también tener presente que la vida no es una carrera hacia la tumba con el objeto de llegar a la meta con un cuerpo bien preservado y vistoso.

Si el futuro resulta ser como lo pintan se producirá una situación como la del cuento gracioso aquel del ciudadano que después de sufrir cuatro accidentes consecutivos hubo que llamar a la fuerza pública para que lo remataran.