Diario Sur

EL ALFÉIZAR

Política y religión

Arranca nueva legislatura. Parecen difíciles los equilibrios. Los acuerdos se dibujan demasiado complejos. Todo se andará y el tiempo dará la razón a quienes auguran una legislatura extensa o a quienes advierten de su brevedad. A quienes alertan que vienen curvas o a quienes convencidos de su estrategia política y consecuencias para la estabilidad han emprendido el camino.

La tradición parlamentaria en España debe mucho a la búsqueda de moderación y al deseo de alcanzar un equilibrio entre las legítimas reivindicaciones del arco parlamentario y la ciudadanía. Pero, ¿dónde se encuentra la fundamentación ética de las deliberaciones políticas? La tradición católica mantiene que las normas objetivas para una acción justa de gobierno son accesibles a la razón. En este sentido, el papel de la religión en el debate político no sería tanto proporcionar dichas normas o proponer soluciones políticas concretas. El rol consistiría en ayudar a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos. Sobre todo a la hora de legislar en lo referente a temas que atañen directamente a la dignidad humana: a la vida o a la muerte. Aunque hay que decirlo todo: este papel no siempre ha sido bienvenido debido a expresiones deformadas de la religión como el sectarismo o el fundamentalismo. Algo esto último que está a la orden del día: basta darse una vuelta por los estados teocráticos. Ahora bien, sin la ayuda de la verdad, la razón puede ser presa de distorsiones: manipulada por ideologías o aplicarse de forma parcial. El mundo de la razón y el mundo de la fe se necesitan mutuamente y no deberían tener miedo de entablar un diálogo valiente y eficaz. En otras palabras, la religión no es un problema que los legisladores deban solucionar, sino una contribución vital al debate político. Hay quienes desean que la voz del análisis religioso se silencie o se relegue a la esfera privada. Otros sostienen que los creyentes que desempeñan un papel público y participan en las diferentes agrupaciones deberían actuar siempre en función de la disciplina de partido y no de la conciencia. Éstos son signos de un fracaso en el aprecio no sólo de los derechos de los creyentes a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa, sino también del legítimo papel de la religión en la vida pública en una sociedad conformada mayoritariamente por hombres y mujeres de fe.