Diario Sur

LA ROTONDA

Una niña en el Kronen

A estas horas hay una familia de San Martín de la Vega (Madrid) que llora a Laura, la hija de 12 años que murió la pasada semana tras sufrir un coma etílico durante un botellón en la noche de Halloween. 12 años, una niña. Sólo una niña. Qué horror. Parece una pesadilla traída de 'Historias del Kronen', aquel relato descarnado de Montxo Armendáriz sobre jóvenes que desafían las líneas rojas, como en un estribillo cualquiera de Lou Reed, hasta que uno de ellos sucumbe al veneno de los excesos.

Lo cierto es que no es fácil imaginar el dolor de esos padres. El infierno de tantas preguntas. De los porqués. Y lo que es peor: de los por qué no. Lo que hicieron y lo que dejaron de hacer. Pero disculpen que no sea yo quien juzgue a esos padres. Habrá quien lo haga. Al fin y al cabo, este país, que por no leer no lee ni la Biblia, es muy dado a dictar condenas bíblicas.

Sin embargo, no creo que Laura sea más que un resultado; el desenlace fatal de una metáfora. La de toda una época, en la que hemos dejado sin riendas a una o varias generaciones. A cualquiera de nosotros, o a nuestros hijos, puede pasarnos lo de Laura por muy inverosímil que parezca en algunos hogares. Todos, en cierta medida, somos culpables de esa borrachera letal. De esa y de tantas otras.

Los padres, porque a veces nos dedicamos a ejercer de colegas y dejamos que sea la escuela la que eduque y domestique a la fiera. Y la escuela, porque sometida al constante vaivén de las leyes educativas, a menudo mira para otro lado y baja los brazos. Y luego, claro, están los políticos, incapaces de legislar sin el dictado sectario de sus pedagogos de cabecera ni de la propaganda de sus partidos. Y los medios de comunicación, que seguimos empeñados en elevar a categoría de referente social a los 'paquirrines', las 'belenesesteban', y esta amalgama de analfabetos funcionales que, junto a los figurines del balón, han acabado por invalidarnos la pedagogía del esfuerzo.

Y así hemos llegado a este punto de puertas abiertas al 'todo vale', a carecer de autoridad para decirles un no a tiempo. Y, eso sí, a darles la 'tablet' a cambio de una tarde de paz egoísta; un 'no molestes' cuyo precio es proporcionarles acceso sin control a un mundo sin pautas.

Quizá por eso tendremos menos lauras en los epitafios si logramos transmitirles que no todo es diversión. Si conseguimos hacerles ver que transitar por este mundo también conlleva fracasar y equivocarse. Que se trata, en suma, de caerse, levantarse y seguir. Que en esto de vivir hay arco iris, pero también escalas de grises.

Y que la vida, como el alcohol, es mejor saborearla en el placer del primer descorche, pero sin perder de vista que vendrán posos amargos y ásperos. Muchos. Y que por eso es mejor degustarla que perderla en el último trago. Como Laura. Descanse en paz.