Diario Sur

la tribuna

¿Mejoran los deberes el rendimiento escolar?

Si consultamos algunas investigaciones recientes relacionadas con las tareas escolares, comprobaremos en todas ellas que no existen razones científicas que las relacionen con el rendimiento académico (Cooper, Robinson y Patall, 2006; Kohn, 2006). La OCDE, en 2014, nos proporcionaba una valiosa información sobre el tiempo que dedican los estudiantes de secundaria a las tareas escolares. El alumnado de 15 años invierte en ellas una media de 4,9 horas a la semana en los países sometidos a PISA. Concretamente, en Finlandia unas tres horas; en el Reino Unido, seis horas; en España, más de 6,5 horas, y en Italia, más de ocho horas. La OCDE nos dice que «existen razones muy sólidas de por qué los docentes asignan tareas escolares para ayudar al alumnado que tiene dificultades y de bajo rendimiento para aprender los contenidos y el material trabajado en clase» (OCDE 2014, p. 1). Pero tan sólo parece deducir que, si son buenas las tareas escolares para el alumnado con dificultades, también deben serlo para el resto. Dicha organización económica parece pretender que creamos que científicamente las tareas de aprendizaje son beneficiosas en un sistema meritocrático, pero no expone ninguna razón.

Algunas familias demandan las tareas para casa y ciertos docentes, creyéndose buenos docentes, son los que más mandan, muy a pesar de que no haya evidencias científicas, ni si aquellas benefician o perjudican. Pero nadie pregunta al alumnado qué piensa de los deberes, debe hacerlos y punto. Si se niegan, se les acusa de vagos y de que lo único que les interesa es el móvil, la TV o la videoconsola. Sin embargo, la cuestión de fondo sería ver qué tipo de tareas suelen ser las que traen nuestros hijos e hijas a casa. Normalmente se trata de una retahíla de preguntas sacadas del libro de texto o alguna más que suelen añadir 'esos buenos docentes' para que estén entretenidos por las tardes, tras cinco o seis horas de trabajo en clase todas las mañanas durante cinco días a la semana. Preguntas que advierten que caerán en el próximo examen y, por tanto, deben aprenderlas de memoria, sin sentido ni reflexión, ni relación alguna con las situaciones problemáticas de la vida cotidiana. Estos 'buenos docentes' tendrían que reflexionar sobre si el lugar para aprender aquello que se debe aprender es la casa y, además, con personas que no tienen formación docente como el padre y la madre. ¿Qué hace, entonces, el alumnado en sus clases? No debería extrañarse ese profesorado cuando después se piensa institucionalmente someter a este alumnado a unas reválidas para comprobar si realmente han aprendido lo que debían. ¿Qué tipo de autoestima profesional tenemos?

Pero de un tiempo a esta parte algo va cambiando en nuestro país y algunas voces ya se han oído en este sentido como la huelga de deberes que anuncia la CEAPA. Comparto la inquietud de esta organización porque se trata de algo mucho más profundo: pretender convertir los deberes en una obligación educativa, en contra del art. 31 de la Convención de los Derechos del Niño de 1989. El debate de las tareas escolares es muy importante pero no debemos olvidar otros.

No creo que nuestro alumnado sea vago, ni menos curioso que otros estudiantes europeos. Las personas vienen al mundo con el deseo de aprender. Normalmente, en un sistema tradicional, el alumnado es, ante todo, un receptor pasivo del material de aprendizaje que le suele depositar el docente mediante su voz y los libros de texto. En un sistema democrático la posición del discente es otra. Los docentes debemos saber que el aprendizaje escolar, además de producir educación, debe producir desarrollo. O lo que es lo mismo, instrumentos simbólicos necesarios para seguir aprendiendo por sí mismo. El alumnado, lejos de ser un mero receptor pasivo de información y normas, aprenderá de manera activa explorando, seleccionando y transformando el material de aprendizaje, convirtiéndose en coautor de la construcción del conocimiento junto al profesorado. La escuela, por tanto, es el contexto, donde se crean las condiciones para que se den estos aprendizajes, en donde los niños y niñas, y también los y las jóvenes, aprenden a razonar de manera autónoma, a argumentar, debatir y dialogar; a tomar decisiones por sí mismos y a desarrollar sus propias ideas y pensamientos, libres de presiones.

En el Proyecto Roma consideramos que no puede haber aprendizaje si no se une a la cognición la emoción. Por eso las clases se convierten en espacios para la indagación, donde todo el alumnado aprende a pensar y a convivir para actuar correctamente a través del lenguaje, de las normas y valores. Nuestro alumnado no cree que aprender sea 'hacer deberes', sino que a la escuela se va, además de a construir el conocimiento con sus compañeros y compañeras, a aprender a legitimar al otro y a la otra como legítimo otro u otra en la convivencia. La escuela debe generar las condiciones necesarias para abrir espacios de aprendizaje conjunto sin olvidar que cada alumno o alumna en clase es importante y que no hay uno más importante que otro (respeto a la diversidad). Esta es la conciencia que se debe despertar en un aula si queremos crear una comunidad de convivencia y aprendizaje.

Entonces, ¿debemos desterrar las tareas escolares? Un sí o un no sería una respuesta superficial. Quizás lo que corresponda sea desarrollar algo de imaginación pedagógica. Deberíamos pensar en transformar los deberes en algo más interesante, creativo y motivador. Se trataría de que viviesen el conocimiento como algo imprescindible para su desarrollo vital, presente y futuro, donde las rutinas no tuvieran cabida. Convirtiendo el tiempo fuera del aula en un tiempo donde las familias pudieran disfrutar de ese conocimiento de manera vivenciada (conversar, leer algo diferente a las lecturas académicas, ir al cine o al teatro, pasear juntos, hacer deporte...). Son tiempos familiares y hemos de respetarlos, evitando vivir en una presión y estrés permanentes. Vivir y disfrutar el conocimiento, no sufrirlo.