Diario Sur

La democracia contra la libertad

Las palabras no son siempre lo que parecen. Las usamos para comunicarnos, pero en bastantes ocasiones son un medio para confundirnos y, a la postre, para incomunicarnos. Si alguien dice en Estados Unidos que es republicano, comúnmente la gente pensará que es más de derechas que doña Urraca, pero si lo dice en España, quienes lo escuchen pensarán que esa persona está en contra de la monarquía. Si lo dice en España, pero en un seminario de Teoría Política, entonces quienes escuchen a esa persona pensarán que se trata de alguien partidario de la libertad, las leyes y la virtud cívica, y por cierto, contrario al populismo. En efecto, resulta que en Teoría Política el republicanismo y el populismo son mortales enemigos.

Para el populista, la democracia es una institución bien sencilla, que básicamente se compone de un pueblo bueno y sabio, y un líder carismático, también bueno y sabio, que interpreta la voluntad del pueblo de manera inmediata. Cuando decimos inmediata, decimos literalmente sin mediación institucional ninguna. El pueblo elige al líder, y luego ya el líder va disponiendo a su capricho, que, en teoría, es el capricho del pueblo. Y del mismo modo que el pueblo no quiere cortapisas para sí y para su poder, tampoco las quiere para el líder al que tan sabiamente ha elegido.

El profesor Guy Hermet, que ha dedicado bastantes horas a estudiar el fenómeno populista, señala que lo que mejor diferencia el populismo de otras cosas parecidas es su relación con el tiempo. La política, por su propia esencia, es lenta. Exige poner de acuerdo posiciones muy diversas y, frecuentemente, contradictorias. La promesa de los populistas es que pueden satisfacer las expectativas populares de manera inmediata si el pueblo les da el poder suficiente. Lo curioso es que, en ocasiones, pueblos con sólidas tradiciones democráticas caen en las garras de los populistas.

Cuando un líder elegido democráticamente empieza a deslegitimar las instituciones de mediación política de su país, o de su partido, acusándolas de entorpecer su noble propósito de cumplir de manera inmediata la voluntad del pueblo, o de las bases, conviene preocuparse mucho. Hay muchos ejemplos históricos, pero el caso que más me gusta es de ficción. En el capítulo III de la saga de la 'Guerra de las galaxias', el canciller Palpatine comparece ante el Senado para abolir la República e instaurar el primer Imperio Galáctico. La senadora Padme Amidala, de Naboo, al escuchar los aplausos entusiastas de la mayoría de los senadores, exclama: «Así es como muere la libertad: con un estruendoso aplauso».

Los peores golpes de la historia son los que han dado gobernantes elegidos democráticamente contra las instituciones republicanas o liberales de su sistema político, en nombre, y con el apoyo entusiasta, del pueblo. Cuando un demócrata es preguntado qué haría si el pueblo eligiera democráticamente una dictadura, suele encontrarse en una contradicción irresoluble. Un republicano no tendrá nunca esa contradicción, elegirá la libertad, y lo pagará caro.