Diario Sur

LÍNEA DE FUGA

La cuenta, por favor

Hace unos años me ofrecieron un trabajo (eran otros tiempos). El asunto requería cambiar de ciudad, de hábitat profesional y de sueldo. Por entonces, en casa andaba el aire viciado por pequeñas tristezas resistentes, endurecidas cada día como la costra de una herida mal cerrada; así que pensé que nos vendría bien cambiar de aires. Tenía la decisión casi tomada, también muchas dudas, y a mí la ansiedad suele quitarme el sueño y darme ganas de comer. En una de aquellas noches de digestión lenta, tras el enésimo brinco en la cama revuelta, M preguntó qué me pasaba, aunque siempre que me lo pregunta ya sabe la respuesta. Repasé con ella los miedos, también las esperanzas, y después de escucharme paciente, sacó a pasear su clarividencia natural y mágica: «Javi, lo que te pasa es que de ese trabajo te gusta todo, menos ese trabajo». Y nos quedamos. He pensado mucho en aquella frase desde entonces, con mayor frecuencia estos días, a cuenta de las cuentas de los nuevos museos de la ciudad; es decir, de las filiales del Centro Pompidou y del Museo Estatal Ruso de San Petersburgo. Porque empiezo a sospechar que de los nuevos museos nos gusta casi todo, menos los nuevos museos.

Después de dos años, el debate sobre ambos proyectos parece secuestrado por la misma lógica economicista y mercadotécnica que presidió la justificación de su llegada a la ciudad. Se habla de ambos museos en términos sobre todo económicos, deportivos incluso, y así afloran palabras como 'división', 'liga' y 'circuito', unidas todas ellas a una idea de ciudad como club en permanente competición con sus vecinos, ya sean cercanos o distantes.

No se trata de caerse del caballo a estas alturas del cuento, de hacer como aquel gendarme de 'Casablanca' escandalizado porque en el bar de Rick se jugaba, como sucedía cada noche ante sus mismos ojos. No se pone en cuestión aquí las posibilidades económicas del turismo vinculado a la oferta cultural de un lugar; pero resulta ilustrativo que el argumentario relacionado con los nuevos museos a menudo comience por el flanco económico y no por la faceta cultural: por el empleo generado (aunque este sea en ocasiones precario), por el índice de ocupación de los hoteles y terrazas, por las apariciones elogiosas en medios de comunicación extranjeros, por los clics en las encuestas y los 'Me gusta' de las redes sociales. Después de todo eso, quizá, se habla de lo que aquí se ha podido ver y vivir desde la llegada de los nuevos museos. Y de lo que quede por venir. Y ahí, salvo escasas excepciones como aquella exposición de Pavel Filonov en Tabacalera y algunas piezas de la colección semipermanente del Cubo, buena parte de lo mejor que ha pasado por el Pompidou y por el Museo Ruso en este tiempo es imputable al trabajo de la parte local de ambos proyectos: ver danzar a Rocío Molina y Ana Rando, los talleres infantiles, algunas conferencias luminosas... Y eso debería mover a cierta reflexión.

Claro que aquí la mesura también parece secuestrada por el maniqueísmo deportivo con el que se ha travestido el debate no sólo político, sino también cultural y cívico. Parece que ante los nuevos museos hay que estar a favor o en contra. Sin tibieza ni medias tintas. La mesura se considera un elemento sospechoso y quien pide perspectiva para sacar conclusiones corre el riesgo de ser arrastrado hacia uno de los bandos con la fuerza centrípeta de sus respectivos juicios preconcebidos. Aquí no se pide tiempo, se pide la cuenta de los nuevos museos cuando todavía andan cuajando sus recetas. Piden la cuenta unos para concluir, sin mirarla siquiera, que la factura en realidad es «una inversión» y otros, para decidir que nos están timando, aunque apenas hayan tocado el plato. Y en esa bronca de barra de bar, de pleno municipal, se apagan cuestiones más sutiles, quizá también cruciales: si este menú nos sienta bien, si había más platos en la carta, si nos han puesto, al menos, lo que habíamos pedido.