Diario Sur

VOLTAJE

La noche de los contenedores

Sabíamos que las celebraciones de este puente iban a ser mortales y que era muy posible se nos fuera de las manos. Aún así, los datos de la policía son tremendos: unas 350 intervenciones policiales y un auténtico potosí de armas decomisadas, más de cuarenta. Muchas de estas armas estarían en realidad integradas en algún disfraz, pero aún así la lista es de traca. Además de las típicas navajas o pistolas falsas, tenemos catanas de madera, fustas, bastones asesinos, una careta con tornillos y una querencia especial hacia los siempre recurrentes bates de béisbol, hasta 27 piezas.

A esto se suma a otro compendio más deprimente que corresponde a los destrozos ocasionados por aquella noche loca. Al vandalismo que soporta esta ciudad sin que le toquen las palmas se le añade la supuesta excitación sobrenatural de la fiesta de los muertos. Así, se han destrozado papeleras, contenedores y varias marquesinas. En un acto de pura misantropía, han quemado un parque infantil entero en Churriana. Es curioso que los destrozos se hayan producido en puntos tan alejados entre sí. Suelen producirse en el centro, tierra de nadie, pero también en los barrios acomodados porque, como todo el mundo sabe, el gamberrismo de los pijos es el más cruento. El impulso por destrozar cosas se extendió aquella noche por toda la ciudad de una manera anónima e invisible.

Aquí no existe intención ninguna de echarse las manos a la cabeza, más que nada porque en algunos asuntos ya hemos perdido la capacidad de sorpresa. Málaga siempre ha sido canalla y, por qué no decirlo, con un punto bárbaro. También sucede que el hecho de que esta fiesta tenga más público entre los menores de 25 colabora a la magnitud de las animaladas. Los niños salían disparados del autobús excitados y con todas sus fuerzas después de pasarse todo el camino berreando consignas en corro. La angustia adolescente sale siempre disparada por alguna parte, pero tampoco nos engañemos: la cuestión vandálica no es un problema de la juventud, sino de toda la sociedad. También de la política. Hace unos años, la Junta de Andalucía publicó un estudio sobre el vandalismo como fenómeno y la conclusión era clara: la falta de espacio público alienta el vandalismo. Y en Málaga, donde hasta el puerto se ha convertido en un centro comercial al aire libre y las calles se privatizan por cuadrantes, el espacio público es una entelequia. Tampoco parece que los vándalos sean una mayoría, pero ya puestos sería menester que estos aprendices de personas asimilaran que hay que asumir las consecuencias de lo que uno hace. Gracias a estas cosas se entera uno de lo cotizado que está el mobiliario urbano. Los contenedores cuestan unos 500 euros. Más de 100 las papeleras. Una marquesina, ya se nos dispara. Así hasta medio millón de euros al año, sólo en vandalismo.