Diario Sur

Veintiún años

No estaba yo para hipotecas a los veintiuno. A esa edad, Ramón Espinar firmó su primer contrato financiero. Entonces, mi única promesa era a la tuna. Estudiaba aún Farmacia y no había escrito ni una puñetera línea. Comprarse un piso era el «proyecto de vida» del senador de Podemos. El mío era encontrar una ronda para esa noche en Pamplona. Comenzábamos la noche en La Jose, un sitio de cócteles baratos con demasiada luz y unas mesonas de madera pegajosas. Tengo que agradecer a Espinar que hoy me trajera al recuerdo a aquella Jose, la doña del garito, una señora encantadora, rotunda y dueña de una pechera dolomítica. Nunca se enfadaba cuando cantábamos que «El vino que da Bernabé no es blanco ni tinto sino vinagré. Bernabé, Bernabé, dale el vino a tu puta madré». Se reía, la jodida. Tampoco se mosqueaba cuando preguntaba que qué iba a ser y yo le respondía que quería cualquier cosa de esas tan ricas que hacía con agua sucia de trapos.

Le cantábamos 'Venecia sin ti' de Aznavour -«Que callada quietud, qué tristeza sin fin, qué distinta Venecia si me faltas tú»- y se le venían los tiempos de mocita a la cabeza como se me vienen a mí ahora y, alborotada, le asomaba en el ojo el chispazo brillante del pasado. Sisí, el Cuescos, Corki, Sucio, Perurena, ET, Asturcón... Allí estábamos con el corazón en llamas, cantando otra, riendo demasiado alto y venga otro vaso de agua de trapos. Entonces a veces, encendidos por la osadía del vino, nos creíamos nosotros mismos.

A mí no me dieron los 60.000 euros para una casa, supongo que porque no los pedí. Los padres lo dan todo para sus hijos aunque sea para echar un bingo en la especulación urbanística. Yo lo aposté todo al negro en La Jose. Los padres con tarjeta black son igual de buenos padres que los demás. El mío me dijo esto el día en el que me dejó en las escaleras del Colegio Mayor Larraona: «Mírame. Nunca en tu vida llegarás tan alto como hoy». También me dio quince mil pelas para un traje de cuervo de segunda mano, que es como ir a la guerra con el uniforme de un muerto. La bandurria me la compré yo y la tengo en un armario envuelta. No la toco hace años de puro miedo a que se me caiga el corazón al suelo. No estaba yo para hipotecas a los 21.