Diario Sur

EL EXTRANJERO

Rufianes

En la vieja historia del parlamentarismo ese tipo de orador ha existido siempre. Los llamaban jabalíes. El jabalí era el ariete del partido, la cara rabiosa que sacaban en los momentos clave. El jabalí arremetía, soltaba sus dentelladas y sus simplezas y luego lo recogían en la cuadra, acariciándole el lomo hasta la siguiente vez que hiciera falta utilizarlo. Con Gabriel Rufián el problema es que su cuadra no tiene puerta y quienes le acarician el lomo no es sólo la gente de su partido. Algún vecino se acerca a hacerle carantoñas, a elogiarle la faena. Ha pasado casi una semana ya de la famosa acometida de Rufián contra el PSOE, se ha desbloqueado la situación política, esta tarde habrá nuevo gobierno, Sánchez ha salido de la tumba en vísperas de Halloween y el mundo marcha a toda máquina, pero el discurso del diputado de Esquerra en el Congreso todavía colea y es motivo de confrontación.

Y piensa uno que es bueno que así sea, incluso que es un consuelo, porque esa degradación de la que continuamente acusamos a la política sería absoluta si palabras y actitudes como las de Rufián pasaran inadvertidas o se digiriesen sin la menor dificultad. Porque, más allá de que el famoso y maloliente discurso tuviera lugar en un debate de investidura presidencial y de que el orador estuviese movido por los resortes del independentismo, la cuestión de fondo es algo que afecta a la sociedad entera y al ambiente en el que nos desenvolvemos. Rufián, desde el segundo cero -desde antes si tomamos en consideración el modo en el que se acercaba a la tribuna, más propio de un mal pistolero de un spaghetti western que de un representante político-, optó por atizar el odio. Se refirió a casos concretos, antiguos luchadores que morían con el carné socialista en la mano, su propia madre que friega suelos por cuatro euros la hora (hay que ser muy Rufián para consentir esa situación materna gozando de un sueldo de diputado, pero esa es la anécdota, la miseria del cuento), desconsolada la señora por el desengaño político que le ha supuesto el golpe de mano dentro del PSOE y la consiguiente abstención. Los buenos y los malos.

La portavoz de Coalición Canaria apeló a la cordura. Habló de la triste combinación que forman el odio, el rencor y la juventud. Alberto Garzón, aun aprobando el contenido de la arenga del jabalí, ha denunciado su hipocresía, esa que le lleva a contener las arcadas por la actitud del PSOE pero que le permite gobernar en Cataluña con un partido tan corrupto como el PP. Pero en todas partes cuecen habas. Porque si Garzón le ha afeado la conducta a Rufián, su compañero Iglesias, en su calidad de madre superiora que distinguía a los buenos de los malos repartiendo palmadas en el hombro, no dudó en felicitar al portavoz de Esquerra. Ese es el esquema que algunos nos tienen preparado. Los jabalíes yendo al cielo y los corderos a la cazuela.