Diario Sur

GOLPE DE DADOS

Polifemo se ha quedado ciego

El panfleto, convertido en arma arrojadiza, a veces libelo personal, a veces acumulación de noticias falsas sobre alguna cuestión, ya no es lo que era. Hoy se nos aparece como Polifemo después del ataque de Ulises, ciego, pero no de vino, que también, sino porque su único ojo vigilante en estos momentos lo ocupan políticos demagogos, esos que tanto ayudó a elevar por si trincaban, de paso, alguna subvención para la corrupta y abyecta naturaleza de sus mentirosas tropelías, ¡ay!, intuyo que me faltan adjetivos para determinar la capacidad destructiva del libelo. Esto es así desde Roma, que en Roma también se desacreditaba antes de ejecutar en el Foro al senador caído. El panfleto, libelo, billete, hoja suelta, o como quiera denominarse a ese juego sucio, ya no es lo que era porque no puede vigilar, ni condicionar ni extorsionar como antes, se encuentra herido de muerte, agónico, como sus inventores, arribistas formados en el rencor y la envidia, en íntima convivencia con la muerte, igualito que aquel glorioso mutilado, Millán Astray, el del 'Viva la muerte'; ellos son así, de esa pasta están hechos, y encima no se mueren nunca, «larga y obesa agonía tengas, Fernando, rey Felón», le enviaba panfletillos al antiguo deseado el exilio liberal español en los Surrey Downs. Luego, pasó lo que pasó, la chusma de Madrid, al decir de la Corte lo de chusma, gritó lo contrario: «cuerpo a tierra, que vienen los nuestros»; por ese motivo no dejo de pensar en la comparsa histórica de nuestra piel de toro, aquello de «donde dije digo, digo Diego», o viceversa.

Otro Fernando, Fernando Savater, hermético pero lúcido y valiente, lo recordaba hace unas semanas en su columna situada en la contraportada de un periódico que durante décadas fue serio y que, de pronto, ha dejado de serlo no sé por qué zarandajas; Savater advertía, y cito entrecomillas: «El panfleto fue tradicionalmente arma demagógica, aunque tuvo cultivadores de primer orden, como Cicerón, Swift o el propio Marx, hoy, en cambio, el género apenas se cultiva porque basta un tuit»; esto es, un tuit difamatorio o una intervención insultante en el Parlamento, repleta de faltas de ortografía, de estilo similar a ese cartel que exhibía con orgullo un 'No a la rebalida' con b de burro. Imaginen qué reválida no pasará quien escribió ese anuncio. Aquella Málaga progresista del XIX, la primera en el peligro de la libertad conspiratoria, abiertamente moderna a pesar de sus bolsas de población sin alfabetizar, esa Málaga tan seductora como canalla, con su puerto de trueques oscuros, el encanto de sus cuerpos viles (en el sentido inglés del término), esa ciudad de belleza sin par con un Palacio de la Aduana que ahora abre sus puertas a un museo fascinante, esa Málaga también fue víctima, durante años, de panfletos, anónimos, cinismos, y enjuagues; no quiero pensar que su idiosincrasia, para algunos 'indiosincracia', se adapte como anillo al dedo al ruin manual del demagogo, sea político, informador, escritor taimado o simplemente un rufián. La ciudad vale mucho más que toda esa escoria.