Diario Sur

INTRUSO DEL NORTE

El descampado

España es un solar, un descampado. Una charca las menos veces; un páramo las más. De jóvenes nos íbamos salvajes y rebeldes al solarón que había detrás de calle Valera; y allí hicimos nuestra niñez al refugio de los adultos. Trazamos un puente que salvaba un arroyo y llegamos a intimar con las lagartijas. Éramos invencibles al tétanos, al óxido, a la especulación y al tiempo. El solar, el descampado de mi memoria, con aquellos eucaliptos exóticos y resecos. Más las ratas y esa infancia donde todavía no llegó el ladrillo ni la videoconsola.

Porque todo solar es una metáfora del vacío, una calva en trazado urbano. El solar equivale a una tierra de nadie donde se abonan las malas hierbas, cagan los perros, y morían las jeringuillas cuando aquella plaga genocida. El PSOE es también un solar, como nos dijo Javier Fernández, de la Gestora, hace unos días: un solar donde vete tú a ver si lo que germina es un tulipán socialdemócrata, una 'rosa de foc' catalana o un clavel de Triana. Los solares, los descampados están ahí, a cada paso. Intentan decirnos algo sobre el urbanita paseante. Viene todo esto a cuento del excelente texto que dio este periódico, firmado por Francisco Jiménez, sobre los terrenos de Repsol.

Sobre ese solar ha llovido mucho; ha nevado algo. Suele haber sol los más días y ya sabemos que la política muchas veces deriva en burocracia, la burocracia en desidia, y la cosa se vuelve de una circularidad peligrosa, horrible y recurrente. Y lo peor es esa calva en la ciudad; ese espacio único para que teoricen los urbanistas, para que se ganen el sueldo los ediles en el muy antiguo y noble arte -culinario y retórico- de marear la perdiz. 177.548 metros cuadrados baldíos, como la tierra de TS Elliot. Jaramagos donde pudieran crecer amapolas y alambres donde pudieran correr niños, y abuelos, al sol de otoño.

El solar de Repsol es nuestro Gibraltar particular como ciudad, la tierra de nadie donde los domingos podían ser más domingos, con chaveas y con ardillas. No todas las azoteas de la zona dan al mar, a pesar de sus tardes populosas, y como que el vecindario agradece una masa verde donde recostar la mirada y descansarla, mirar algo más que cómo «el cielo desembocaba por los puentes y los tejados» que cantara Federico García Lorca en Nueva York. Y el descampado que sigue ahí, surtidor de demagogias y politiqueos mientras que el ciudadano ya empieza a desconfiar de esa chirigota que llaman representación de la soberanía municipal y gaitas por el estilo.

Cada solar es una bofetada al urbanismo y al hombre; al discurso narrativo de la ciudad. En los solares pequeños jugaban al fútbol los infantes y ahora aparcan los coches; hay un borrachín sin dientes que pide un euro por vigilar el Renault turbo. Ése es su reino.

Y toda ciudad tiene su teoría de los solares, sus espacios en blanco donde pudieran brotar senderos y fuentes, riachuelos y columpios. Donde Málaga pudiera respirar sin tener que salir a mar abierto.