Diario Sur

Se llama coraje

En una ocasión vi un programa de televisión en el que explicaban ciertas nociones de psicología social y las ejemplificaban con curiosos experimentos. En uno de ellos se formaba un grupo de diez personas, aparentemente al azar, de entre unos paseantes. A cada persona, por separado, se le mostraba varias líneas de distinto tamaño en una pantalla, y luego se reunía al grupo y, ya sentados todos juntos, el experimentador iba preguntando una a una a las personas del grupo qué línea era la más larga.

Sorprendentemente, la primera persona preguntada afirmaba que la línea más larga era una que, a ojos vista, no era la más larga en absoluto, y la misma respuesta iban dando todos hasta llegar al décimo miembro del grupo. Resulta que ese décimo miembro era el verdadero objeto del experimento y que los nueve restantes estaban conchabados con el experimentador para mentir en su respuesta. De modo que el experimento consistía en saber si el décimo en ser preguntado haría más caso a sus ojos o a la opinión de una gente que no conocía.

Un porcentaje importante de personas, después de escuchar nueve veces la respuesta falsa, optaban por hacer más caso a la opinión del grupo que a sus ojos, y cuando llegaba su turno respondían lo mismo que los demás. Cuando el psicólogo experimental le descubría el pastel a cada décima persona, esas personas reconocían haber apreciado la línea realmente más larga, pero que la 'presión' del grupo les había hecho dudar, y finalmente aceptar como verdad la falsedad que todo el mundo decía.

Llevamos un año con nuestras instituciones democráticas paralizadas. Es verdad que ver paralizado al gobierno de Rajoy resulta muy satisfactorio para muchos de nosotros, pero, a diferencia del Gobierno, el Congreso no es de Rajoy, sino de todos los españoles y españolas, y también lleva un año paralizado. Un año sin legislar ni poder controlar al gobierno. Un año sin abordar los problemas de nuestro país, ni las pensiones, ni el empleo, ni la educación, para dar vueltas todo el rato alrededor del mismo tema: la formación de un gobierno. Y si preguntamos a los partidarios de ir a las terceras elecciones si después no vendrían unas cuartas, o no responden, o dicen que sí, que «hay que repetirlas hasta que reviente el sistema».

Mientras nuestros revolucionarios de salón ven en el bloqueo de las instituciones democráticas la oportunidad de cumplir su sueño de devolver el poder a la calle, otros ejercen cada día ese poder en los despachos de los altos funcionarios ministeriales, en las salas de los tribunales de justicia, en las redacciones de los grandes medios, o en los consejos de administración de las empresas, sin las para ellos molestas trabas de la política democrática. Cuando se bloquea la política, el poder fluye por otros cauces, más oscuros, más tóxicos. Todos hemos sido igual de responsables del bloqueo de la política, pero sólo unos han tenido el coraje de producir el desbloqueo. Algunos se han conchabado para acusarlos de cobardía y traición, pero se llama coraje y civismo.