Diario Sur

LÍNEA DE FUGA

Frontera

Existen personas luminosas, tranquilas, con la procesión siempre por dentro y una sonrisa capaz de reconciliarte con el mundo. Carmen es una de esas personas. Conocí a Carmen en la facultad. Entonces le llamábamos Mari Carmen y ahora, cuando la vuelvo a ver, no sé muy bien cómo nombrarla, como pasa con casi todo lo importante. Carmen tiene vida para varias novelas y un corazón demasiado grande para dedicarlo sólo al periodismo. Trabajó en esta casa, luego marchó al otro lado del océano y regresó como la misma mirada oscura y limpia, con la misma sonrisa. Carmen es flaca, menuda, simpática, morena y delegada de Médicos Sin Fronteras en Andalucía, Extremadura, Ceuta y Melilla. Carmen te llama 'niño' y te pone colorado sin querer.

Aunque hay otra vergüenza, más honda y áspera, cobarde y culpable, alrededor de la jaima de plástico blanco instalada estos días en la calle Alcazabilla. Familias, hombres, mujeres, niños, sobre todo niños, huyendo del hambre y de la guerra, emprendiendo el incierto camino hacia esta parte del mundo que por algún exceso de vanidad llamamos civilizado. Médicos Sin Fronteras clava en el corazón de la ciudad una exposición como una espina en la conciencia, un recordatorio de nuestra potra inmerecida por haber nacido aquí y no allí, otra oportunidad para abandonar la indolencia. Carmen andaba esta semana dando a conocer el proyecto. Bueno, eso y alguna cosa más. El lunes participaba en el Aula de Cultura de SUR junto al periodista Pepe Naranjo para hablar sobre quienes tratan de escapar de la barbarie de Boko Haram. El martes fue al Museo Jorge Rando junto a otros periodistas que dignifican el gremio, Agus Morales y Anna Surinyach, para asomarse a la herida abierta de los refugiados. El miércoles Carmen se multiplicaba en la presentación de la muestra en Alcazabilla junto al presidente de Médicos Sin Fronteras, David Noguera. El jueves los dos se fueron a la Facultad de Comunicación donde hace mucho (mucho) tiempo estudiamos. Y el viernes, Villa Puchero Factory regaló a la ONG su acción teatral 'Saudade'. Y allá que andaba Carmen, pidiendo un empujoncito para la promoción del evento, como si alguien pudiera negarle algo a Carmen.

A pocos metros de la exposición de Médicos Sin Fronteras, ayer mismo, la ciudad de los museos perdía otra librería. Después de la bofetada de realidad que fue cambiar Li-Bri-Tos por una tienda del Málaga C.F.; de la llamada de auxilio de la gente de Luces, medio apagada por las obras del metro y el olvido institucional; de la desazón por haber visto morir a Cincoechegaray, Librería Ibérica y otras tantas; Rayuela Idiomas bajaba la persiana. Y al día siguiente que anunciaba su traslado a la librería matriz de la calle Cárcer, en el Ayuntamiento decían que no se pueden bonificar los impuestos municipales que pagan las librerías, las galerías de arte, las salas de conciertos y las tiendas de discos. Imposible. Si acaso, ya verán para 2018, porque las ordenadas fiscales del año que viene ya están fijadas. Y puede que, para algunos de los pocos que quedan al otro lado del mostrador, 2018 sea ya demasiado tarde.

Así que después de 27 años, Rayuela Idiomas se despide ante la fría eficacia de Amazon y el asedio de las terrazas. Lo decía Juan Manuel Cruz, que lleva 35 años vendiendo libros en Rayuela: la plaza de la Merced se ha convertido después de su reforma en un bar gigantesco. Quitaron los coches para montar una retahíla de mesas y sillas sin articular, al menos, cierta coherencia estética en el mobiliario depredador; entregaron otro pedazo hermoso de la ciudad a la especulación y el mal gusto; dieron un paso más en la transformación del centro histórico de la ciudad en un decorado para turistas y marcaron, al cabo, otra frontera entre la realidad y la postal que quieren vender al mundo.