Diario Sur

LA TRIBUNA

Elecciones en EE UU: continuidad o rupturismo

Estamos viviendo un año inusualmente cargado de acontecimientos políticos de calado, que nos obligan a seguir muy de cerca su impacto en la economía y los mercados. Tras la decisión contra todo pronóstico del 'brexit' en el Reino Unido, ahora es el turno de la campaña presidencial estadounidense; una campaña atípica, marcada por la poca sintonía de la mayoría de votantes con cualquiera de los candidatos.

Estas elecciones presidenciales acaban siendo un proceso familiar para los ciudadanos de cualquier país: no sólo se trata de la primera economía del mundo, sino que supone un espectáculo mediático de ámbito mundial. Ya celebrados los tres grandes debates entre Hillary Clinton y Donald Trump, el martes 8 de noviembre tendrán lugar las elecciones. El proceso culminará el 20 de enero, cuando el nuevo presidente jure su cargo.

¿Qué implicaciones tendrá el resultado para la economía y los mercados? Curiosamente, el impacto real no estará a la altura de la expectación mediática que levanta la campaña electoral. El presidente estadounidense tiene su capacidad de acción limitada por el propio sistema político americano, vigente desde 1787, y que se basa en un equilibrio entre tres ejes del poder: la Casa Blanca, el Congreso (formado por la Cámara de Representantes y el Senado), y el Tribunal Supremo.

Bajo este sistema, tan importante es quién será el nuevo inquilino de la Casa Blanca como quién controlará las dos Cámaras. Actualmente, los republicanos controlan la Cámara de Representantes y el Senado. ¿Qué ocurrirá si se cumplen las encuestas, Clinton consigue la presidencia y los demócratas se hacen también con el Senado? Incluso así seguiríamos teniendo un gobierno con poca capacidad de maniobra si, como se espera, la Cámara de Representantes se mantiene en manos republicanas. Por tanto, es cierto que nos jugamos mucho en las próximas presidenciales de EE UU, pero, en la práctica, probablemente los cambios no serán tan acusados como podría parecer, incluso bajo la presidencia del republicano Trump. Revisamos las principales propuestas de cariz económico para intentar prever sus efectos.

En el ámbito comercial, Trump pretende aislar en lo posible al mercado doméstico de la competencia externa. Su política antiglobalización llevaría a renegociar la mayoría de los tratados y a imponer tarifas a la importación de productos desde otros países, especialmente desde China. Mientras, en un entorno de crecientes críticas a la globalización, Hillary Clinton no quiere perder votantes pero muestra una postura menos radical: aboga por mantener los actuales acuerdos comerciales, aunque sostiene la necesidad de renegociar las condiciones de otros posibles acuerdos.

En el plano monetario, Trump ha dejado claro que no prorrogará el mandato de Janet Yellen en la Fed cuando expire en 2018 y que no apoyará más medidas de expansión monetaria, hecho que implicaría subidas de tipos más agresivas de lo que actualmente descuentan los mercados. Mientras, Clinton no planea realizar cambios importantes y se muestra más acorde con la moderación de la actual política de salida de los estímulos monetarios diseñada por Janet Yellen.

Curiosamente, ambos candidatos están de acuerdo en un punto: la necesidad de incrementar el gasto fiscal y abordar un ambicioso programa de inversión en infraestructuras. Esta coincidencia entre republicanos y demócratas resulta una rareza en un país en general suspicaz de las soluciones generadas desde el Gobierno. Pero mientras que Clinton habla de cerca de 300.000 millones de dólares de gasto, Trump promete doblar esta cifra, lo que implicaría un fuerte incremento del déficit y la deuda pública.

¿Y en qué se traducirá dicha expansión fiscal? Desde el punto de vista económico, sería positiva para el crecimiento económico, con un impacto mayor previsiblemente en la última parte de 2017 y especialmente en 2018. Igualmente, la política de ambos candidatos debería ser positiva para la divisa americana, pues implicaría un mayor crecimiento y una mayor rentabilidad de los títulos de deuda americanos, lo que elevaría el interés de los inversores internacionales por dirigir su dinero a este país, elevando la cotización del dólar.

Este potencial alcista del dólar sería incluso mayor con Donald Trump como presidente. Además de mayores subidas de tipos y mayores niveles de deuda pública, Trump propone fomentar fiscalmente la repatriación de capitales de empresas americanas desde otros países, gracias a exenciones fiscales, lo que también sería un factor positivo para el dólar.

En cuanto al impacto sobre la renta variable, las divergencias entre ambos candidatos auguran un comportamiento muy distinto entre unos sectores y otros. A priori, la victoria de Trump podría provocar una mayor volatilidad a corto plazo dada la agresividad de muchas de sus propuestas. A medio plazo, sectores como el financiero (menos regulación) y la energía (apoyo a los combustibles fósiles) serían los más beneficiados. Mientras, los planes de Clinton podrían ser negativos para estos dos sectores por el hecho de prometer más regulación financiera y apostar por las energías renovables, así como para el sector farmacéutico. Sectores como el industrial, las materias primas, aviación y defensa saldrían reforzados con ambos candidatos por el mayor gasto fiscal, que implicaría un mayor crecimiento económico del que se beneficiarían estos sectores cíclicos.