Diario Sur

LA ROTONDA

Otro relato

Recojo a tientas el guante que lanzó con afecto mi compañero Chapu Apaolaza, después de felicitarlo por su último y evocador artículo sobre su vivencia juvenil del terrorismo de ETA. Mi relato sucedió un sábado, concretamente el 15 de julio del 2000. Era tarde, había tenido que trabajar, como todos los sábados, pero estaba contento porque había quedado para salir de marcha con viejos amigos en Torre del Mar. Mi móvil prehistórico sonó sobre las 10 de la noche, justo cuando llegaba a la casa de mis padres. Era mi jefe de entonces, Manolo Reina, quien dirigía el semanario Vecinos (editado por Prensa Malagueña, igual que SUR).

Pistoleros etarras acababan de asesinar al concejal de los distritos Carretera de Cádiz y Puerto de la Torre, José María Martín Carpena. Aquello me dejó perplejo y asustado. Le tenía cariño y respeto al edil, que era uno de los que más trataba en aquella época. Fue la máxima autoridad que me felicitó cuando terminé la carrera, y aquel gesto inocente me hizo ilusión. Era un crío que estaba empezando en esto del oficio del juntaletras, pero me movilizaron para ayudar en lo posible porque conocía a mucha gente del movimiento vecinal y de las peñas. De hecho, Martín Carpena iba a la fiesta de la Biznaga, un sarao tradicional que organiza cada año la entidad del mismo nombre en uno de los jardines de la ciudad, y sólo un rato antes me alegraba de que esa vez no me hubiera tocado ir a cubrirla...

Salí pitando, me planté en Nueva Málaga con la motillo y me pegué, como varias decenas de compañeros más, a aquel cordón policial. Las informaciones eran confusas y todo el mundo hablaba sin parar con sus redacciones por el móvil, copiando unas conversaciones de otras, las más de las veces con datos insustanciales. Para mí, ya estaba todo dicho. Era la primera persona que había conocido y tratado personalmente, que había muerto a manos de la banda. Un buen hombre, un trabajador público humilde y entregado a los ciudadanos de Málaga que nunca había hecho mal a nadie.

Ese día comprendí, a la vista de un sinsentido tan estúpido y diabólico, que aquel grupo terrorista estaba en las últimas, que tenía las horas contadas, y algunos años después el tiempo me dio la razón. Hoy por suerte sólo queda la herencia envenenada de un puñado de descerebrados, que tuercen el halago por insulto y llaman 'txakurras' a los guardias civiles que velan por la seguridad en sus pueblos. Qué más quisieran ellos que alguna vez se merecieran hacerse llamar perros.