Diario Sur

LA TRIBUNA

Inversiones extranjeras e inestabilidad

A nadie se le escapa la importancia que las inversiones procedentes del exterior han tenido para nuestra comunidad autónoma, especialmente para la Costa del Sol. Habiéndose puesto de manifiesto un fenómeno inverso al que normalmente se produce en estos casos. Fueron primero los flujos de capital privado procedentes del exterior los que abonaban un terreno, que en los años sesenta y setenta del pasado siglo, cuando despertábamos del pesado sueño autárquico, adolecía de las infraestructuras de comunicación y de las instalaciones adecuadas para una demanda que descubría en nuestro hábitat unas condiciones privilegiadas de clima, seguridad y calidad de vida.

No sería hasta bastantes años después, cuando ya dentro de la UE, unos fondos estructurales, por cierto en nuestro caso muy bien empleados, venían a suplir las carencias que ya se habían hecho alarmantes y ostensibles ante los surcos abonados por capital mayormente de británicos, alemanes y nórdicos, que hicieron en estas condiciones su arriesgada apuesta. En circunstancias normales, son esas infraestructuras y las mejores condiciones para la inversión las que atraen a los inversores y no al contrario.

Ponderada su importancia, con datos al cierre del primer semestre del año en curso, se observa una caída a nivel país de estas inversiones del -28,67% con respecto al mismo periodo del 2015. En concreto, de enero a junio, España recibió 6.715 millones de euros, 2.700 millones menos que los 9.415 obtenidos durante el primer semestre del año pasado. Algo que enciende las alarmas, máxime cuando se viene de series históricas donde este flujo de capital foráneo productivo o lo que es lo mismo no financiero (aquel que excluye las Entidades de Tenencia de Valores Extranjeros, ETVE) se incrementaba un 11% en 2015, habiéndolo hecho también un 9,8% en el 2014, algo que permitía consolidar el cambio de tendencia que se producía en el 2013, cuando esta inversión retornaba al crecimiento. Detrás de todo ello, la caída de precios de los activos en los años en crisis que provoca el apetito de los capitales de fuera de nuestras fronteras. Llegados a este punto, conviene interpretar bien informaciones que dan en muchos casos, especialmente en este, pábulo a la duda. Así los 72.200 millones (muy aireados por los medios) que los inversores retiraron de nuestro país en el 2015 (aun fue mayor la fuga en 2012, 170.000 millones, cuando estuvimos a punto del rescate), consistían mayormente en repos, prestamos y depósitos, algo lejano de la inversión productiva. Ahora bien, también permiten una lectura interesante: de esas salidas, unos 21.957 millones lo hacen justo un mes después de las elecciones municipales (Podemos se hacía con varias alcaldías) y 19.011 millones en diciembre, cuando la incertidumbre política era mayor. Visto ello, conviene entender esa diferencia entre inversión productiva y no productiva. La primera es más estática, más difícil de mover, no responde a espasmos, está ligada normalmente al medio y largo plazo. Son auténticas inyecciones en vena destinadas a abrir una fábrica, establecer una filial o contratar personal. La otra es más especulativa, fondos errantes que se mueven por el mundo en pos de beneficios cortoplacistas, en la mayoría de los casos especulativos.

Volviendo a la tipología de inversión que nos interesa, los datos negativos de este primer semestre del año, es posible que se hayan prolongado durante el tercer trimestre, también deben ser contextualizados de compararse con un primer semestre del 2015 excepcionalmente bueno en el que la economía comenzaba a dispararse y los precios de nuestros activos eran todavía bajos. Observado ello, volvamos a las lecturas que nos ofrecen lo datos: así, de reflejar los de este último semestre por autonomías y volviéndolos a enfrentar con los del mismo periodo del 2015, las más castigadas: Aragón (pierde un 74,29% respecto al primer semestre del año pasado), Canarias (-71,21%), Castilla León (-69,8%), Cataluña (-59,49%), Andalucía (-55,32%), Comunidad Valenciana (-42,45%), Madrid (-39,33%), Castilla-La Mancha (-19,35%), País Vasco (-8,63%). Sin embargo, la evolución se torna positiva y por este orden en: Navarra, Asturias, Murcia, Baleares, La Rioja, Cantabria, Galicia, Extremadura. La media entre perdedores y ganadores, en cuanto a inversión extranjera en el periodo tomado de referencia, configura ese -28,67% comentado. Aunque Cataluña, que normalmente es la segunda región receptora de inversión extranjera tras Madrid, por su peso en términos absolutos está afectando mucho a la media. Algo que ocurre en menor cuantía con la capital del Estado, donde lo recibido (3.425 millones) en este primer semestre triplica a las entradas en Cataluña (1.058 millones).

Se observa, pues, que la caída de la inversión foránea afecta al país en general, sin que sea transcendente el color político en una u otra autonomía. La primera conclusión es que se trata de riesgo país, de marca España. Es quien despierta la desconfianza, especialmente por la incertidumbre política que se viene cirniendo sobre la misma. Como prueba de ello, en el segundo trimestre (último del que se conocen datos) España dejaba de recibir nada menos que 3.150 millones de euros respecto al mismo periodo del 2015, afectándole con seguridad el 26-J (segundas elecciones en apenas seis meses). En el caso de las primeras, las de diciembre del 2015, lo que se dejó de recibir ese trimestre respecto al del 2014 fueron solo 1.000 millones, quizás porque aún no se preveía la parálisis gravísima que la falta de acuerdos para formar gobierno iba a desencadenar después, en cuanto a incertidumbre.

La conclusión parece clara: el 'maná' de las inversiones extranjeras, del inversor, en definitiva, que apuesta grandes cantidades de dinero en otro país es que este prefiere esperar para moverlo ante la más mínima incertidumbre. Lo hará solo al abrigo de la estabilidad y pendiente en caso de cambios en el escenario político, de aquellos posibles que se deriven a nivel legislativo (fiscales los primeros), y en el marco regulatorio. Todo un aviso a navegantes.