Diario Sur

Hollywin

El próximo Premio Nobel de Literatura se lo tendrían que dar a Cádiz, porque nadie ha aportado tantas imágenes literarias por minuto. Me asaltan en este sentimiento oceánico que es nostalgia gaditana en Madrid, el Cádiz de Quiñones y Juan Cantueso, que nació entre las tripas y las sangres de los atunes de la playa, y el Cádiz de taberna de pendencia, nácar, carey y papel de estraza, de torres vigías que siguen esperando aquella flota de indias, de coplas paridas en lavaderos, de esquinas oscuras de orines y carcajada, de Los Fantasmas, del Selu y de Hassan el del Cambalache, de Las Niñas, de Felipe el de Ca Felipe, que aseguraba que los grandes pescados que se comían en su restaurante habían participado en los documentales del Comandante Cousteau. Cádiz de coro y falseta, de amargura y moscatel, de caballas en verano y coplas en invierno, de De Ory y del McCarthy, de La Pepa y de la Uchi, de La Petróleo y de Haendel, de incienso y de hachís, Cádiz de plata sin plata.

Cádiz es también un estado de ánimo y por esto el obispado de allí, un organismo de natural poco dado al chiste, ha propuesto que en lugar de disfrazar a los niños de monstruos norteamericanos, se les vista de santos de Roma. Esto puede ser el comienzo de una gran aventura. La representación infantil del martirio de los santos puede superar a la legión de vampiros y frankenstein de Halloween. En 'Hollywin' llamarán a la puertas niños vestidos de San Lorenzo chamuscado o quizás de San Sebastián asaeteado, con esa pose tan desesperada que lo ha convertido en el icono santo de los gays. Imagino niños caracterizados como San Juan Pablo II en su últimos años de papado y ya se me están pareciendo a Galindo, de Crónicas Marcianas. Yolanda Vallejo se ha imaginado como disfraz rompedor el de Santa Eulalia, portando sobre una bandeja sus dos ojos arrancados. O quizás de Santa Lucía de Siracusa, que fue obligada a prostituirse, azotada, desgarrada, luego puesta de pie sobre un brasero ardiendo, quemados los pechos, y las heridas después le fueron fregadas con piedra tosca aceite hirviendo y plomo fundido, y lanzada a una fosa de cal viva. Después la metieron desnuda en un tonel lleno de cristales y objetos punzantes, la lanzaron por una calle en bajada y la encerraron en un corral lleno de pulgas. Santa Lucía tiene miga, pero el disfraz sería un lío para las madres.