Diario Sur

ABOGANDO

ODIO

LAS alcaldesas populistas no paran de tratar de amenizar el ambiente con sus inventos. Ahora, en Barcelona, se le ha ocurrido a la munícipe sacar a la calle una estatua ecuestre que evoca a Sleepy Hollow, aunque esta estatua no sólo es inmóvil, como todas las estatuas, sino que representa una imagen en reposo, distinta al desaforado descabezado del relato de Washington Irving que no sólo escribió para la Alhambra. Me pregunto qué perseguía la ocurrente regidora con esta patochada. Ha conseguido que aumente el consumo de huevos, de pintura y de otros proyectiles. La imaginación del público ha sido muy florida. A uno se le ocurrió instalarle una muñeca hinchable que recordaba a Lady Godiva en una posición de lo más insinuante. Me llamó poderosamente la atención oír a una señora que, por su apariencia, no debe haber tenido más de cinco o seis años cuando falleció el jinete y que, por su vocabulario, no tenía trazas de ser académica de la historia. Se expresaba con tal furor que estremecía. Otra ciudadana, que ésta sí, había convivido un buen tiempo con el anterior régimen, se quejaba de lo mal que había vivido entonces. Me habría gustado que se explayase un poco más y hubiese contado sus desventuras y en qué medida había contribuido a provocarlas el blanco de su indignación.

Es que estamos fomentando un sentimiento con olvido de la frase que acuñó el presidente de una austral república y que deberíamos tener muy presente: el odio nada engendra, sólo el amor es fecundo. La historia es pródiga en desastres y todos o casi todos han estado causados por esa manía que anima al ser humano de acometerse recíprocamente por un quítame allá esas pajas. Hace casi un siglo que terminó la guerra civil y todavía andamos cobrando facturas a los descendientes de los que en ella participaron porque los actores han pasado, por ley de vida, a otra dimensión. Creo que deben quedar muy pocos combatientes de uno u otro bando y si alguno sobrevive debe haber sido muy jovencito entonces y muy requetemayor ahora. Durante la transición dimos un ejemplo inédito de concordia y borrón y cuenta nueva a pesar que entonces la cosa estaba más fresca y circulaban varios que habían tenido una actuación importante y, a veces, muy desafortunada en esos aciagos años. Parece que aquello hubiese sido un sueño porque hoy estamos empeñados en recordar. No es malo, ni mucho menos, estudiar lo que pasó pero no se debe hacer mirando para atrás con ira sino tratar de ponerse en el lugar y tiempo del suceso para tratar de entenderlo.

Esta exhibición de quien gobernó este país por casi cuarenta años y murió en su cama, congregando sólo un mes antes a una multitud en la Plaza de Oriente que, podría admitirse, compuesta no por espontáneos sino por inducidos, brazo en alto y a grito pelado, es, cuando menos, un insulto. No estoy defendiendo a nadie pero me gustaría que se fuese un poco más consecuente y se aceptase que nos guste o no, es parte de nuestra historia. Coincide esta payasada con el debate que se está produciendo en Austria sobre el destino de la casa natal del monstruo que condujo al mundo a una catástrofe y a un pueblo a un holocausto. Los que quieren destruir el inmueble tratan de evitar un santuario para que los descerebrados que admiran al criminal peregrinen para tributarle sus ofrendas. Pero hay otros que estiman que no debe olvidarse lo que sucedió por muy terrible que fuese porque arriesgamos repetir las atrocidades que se sepultan en el inconsciente. Veremos en qué queda pero de cualquier modo el debate se está desarrollando con altura de miras, educadamente y la vivienda que me parece es de propiedad particular no está decorada con pintadas ni con obscenidades.

Odio se respira por todos lados, en el fútbol, donde parece que es más divertido darse de bofetadas y lanzar sillas, ojalá contra la cabeza de un aficionado que corear los goles; en los institutos donde se tortura a los más débiles, en las parejas o ex parejas, a la Benemérita y hasta en una Facultad de Derecho, nada menos, que de derecho, donde se ha impedido hablar a un ex presidente del gobierno acusándolo de terrorista, de asesino y de tener las manos manchadas. Es duro haber desempeñado ese cargo en nuestro país. Y pretender hacerlo.

No sólo sucede en España. Basta ver las noticias en el Reino Unido. Si la xenofobia aterrizase en Marbella no quedaría títere con cabeza.