Diario Sur

LA TRIBUNA

Los hijos de la ira

Al taxista que me lleva de la librería Lerner a la Universidad Javeriana, en la ciudad de Bogotá, le disgustan los acuerdos entre el gobierno y la guerrilla. «Estos señores han matado, violado y secuestrado. Por mucho menos hay gente pudriéndose en la cárcel, y el gobierno a éstos (a los exguerrilleros) les va a premiar sus crímenes con diez cureles (escaños en el congreso y senado) y mucha plata», dice días antes del referéndum que por escaso margen dio el 'no'. Le pregunto entonces si va a votar a favor o en contra de los acuerdos: «Afirmativamente, por supuesto, porque lo primero es pensar en el mundo que dejaremos a nuestros hijos».

Cuando se habla de paz hay que pensar en los hijos, como cuando se habla de justicia, en los padres. La paz mira adelante y la justicia atrás. En Argentina, dos avezadas periodistas han publicado una serie de entrevistas tituladas 'Los hijos de los setenta'. Los protagonistas -hijos de las víctimas y de los victimarios que son sus padres- se encuentran entre la generación de los que practicaron la violencia o la padecieron y la de sus propios hijos, los nietos de aquellos. Es la generación de los políticos, intelectuales y de los trabajadores, en una palabra, la de los ciudadanos que tienen la responsabilidad de decidir y decir en qué dirección tiene que caminar el país. Lo que hicieron sus padres o lo que les hicieron les invita a mirar hacia atrás, esto es, a pedir y a hacer justicia. Pero si piensan en el mundo que dejaran a sus hijos ¿cómo no valorar ante todo la paz? Entre vivir asustados por el secuestro, la extorsión o la muerte, y poder pasear o respirar libremente, no hay color. La paz ante todo.

Este era el sentimiento del taxista, compartido por muchos conciudadanos suyos. En lo que no tenía razón era en lo de la impunidad. Porque los acuerdos no hablan de amnistía, ni de pasar página, y sí de justicia. Sólo se librarán de la cárcel los que confiesen sus crímenes y cuenten la verdad de lo ocurrido y aún estos tendrán restringida su libertad y tendrán que dedicarse a tareas restaurativas, como, por ejemplo desactivar minas, ubicas fosas o destruir cultivos de coca. Lo novedoso de los acuerdos colombianos es la centralidad de una forma de justicia, la justicia transicional, muy alejada de la justicia vindicativa de los códigos penales cuyos orígenes remontan a la venganza. La primera pone el acento en la reparación de los daños a la víctima, mientras que la segunda, en el castigo al culpable. No es un cambio menor que va claramente en beneficio de la víctima. Ayuda más a ésta el reconocimiento por parte del asesino de su culpa, su arrepentimiento y su buena disposición a reparar, que la cadena perpetua, sobre todo cuando el culpable sale igual que entró.

No hay pues paz por justicia sino una clara prioridad de la paz sobre la justicia por la sencilla razón de que importan más los hijos que tenemos que los padres que tuvimos. Lo que no significa sacrificar la justicia en aras de la paz porque sin la justicia a los abuelos la paz de los nietos será de nuevo una tregua entre dos guerras. Si no queremos construir la historia sobre nuevas víctimas hay que tomarse muy serio a las víctimas pasadas.

Debemos aceptar, en cualquier caso, que el tiempo de la paz no es el mismo que el de la justicia. La paz, vista como cese el fuego, puede producirse en un instante, mientras que la justicia, como reparación de los daños a las víctimas y a la sociedad, durará años, muchos años. Dostoieiski cuenta en 'Crimen y Castigo' cómo Raskolnikov, el asesino de la anciana usurera, comienza por reconocer que ha quebrantado a la ley, luego que ha hecho daño a la vieja y sólo mucho más tarde se dará cuenta de que quitando la vida al otro se ha deshumanizado a sí mismo. La elaboración de la culpa lleva su tiempo y está claro que Timochenko, el líder de las FARC, y la mayoría de los suyos están en la primera fase. Ahora bien, el proceso puesto en marcha y paralizado por el 'no', golpeará un día en la puerta de su conciencia cívica para exigirle responsabilidades morales que no constan en el código penal pero sí en la memoria de la gente. Un buen día descubrirán que lo que se espera de ellos en la vida política no es que defiendan la justicia social, que les llevó a las armas, sino que se enfrenten al sufrimiento causado que es lo que realmente han producido socialmente.

He leído lo que en España se escribe sobre Colombia y me llama la atención la naturalidad con la que se hablaba de unos acuerdos que han sacrificado la justicia a la paz. Es verdad que unos lo celebran, convencidos de que «donde hay justicia no hay paz», y otros lo lamentan por lo que tienen de impunidad. Pues ni unos ni otros. El modelo colombiano de transición de un estado de guerra a otro de paz democrática, supone el final del modelo amnésico español, en el que tantos países se han inspirado, y la inauguración de otro nuevo que será obligado en el futuro.