Diario Sur

Cáscaras

En un giro obligado por las obras del metro y el consecuente empeño institucional en que conozcamos hasta la última calle del centro por estrecha o transitada que sea, coloco mi viejo Peugeot 206 detrás de un Ford Fusion de grosero color pistacho, parado en un semáforo. Su conductor saca la mano por la ventanilla un segundo y vuelve a introducirla, un gesto que comienza a repetir con frecuencia, incluso ya en marcha. Desafío la distancia mínima en el siguiente semáforo para confirmar que está comiendo pipas, un hábito al que no consigo encontrar explicación salvo como trastorno obsesivo-compulsivo. Las cáscaras, huelga aclararlo, van directas a la carretera, quizá en homenaje póstumo a Fraga. «La calle es mía», llegó a proclamar el político gallego, quien en Málaga debe de contar con una numerosa legión de seguidores a juzgar por la cantidad de envoltorios, papeles, chicles, colillas y otros residuos que adornan la ciudad.

Cocteau decía que todos los niños son poetas menos Minou Drouet, aquella chica repelente que publicó un libro de poemas a los ocho años y a quien los franceses adoraban, como a Marisol en España aunque sin el entrañable devenir revolucionario de la malagueña. Resulta tentador incidir en esa idea de la infancia como lugar trufado de lirismo que los mayores acabamos corrompiendo, pensar que hay demasiadas normas y que lejos de tanta instrucción descubriríamos ciudadanos respetuosos que manejan su creatividad desde el talento y gestionan su libertad con responsabilidad, pero lo cierto es que el civismo salta por los aires con la misma facilidad con que se abre una bolsa de pipas. Cortázar culpaba a la educación primaria de constreñir la imaginación artística: «Usted vio cómo empiezan a dibujar y a pintar; después los obligan a dibujar la manzana y el ranchito con el árbol y se acabó el pibe».

Cuando crecen, algunos empiezan comiendo pipas y terminan con varias copas de más al volante, equivocándose de pedal y arrasando con lo que se ponga por delante, como ocurrió hace una semana en Benalmádena. El hombre que arrolló a siete personas en un parque infantil, entre ellas una mujer que murió horas después, madre de una niña pequeña, podrá volver a conducir si, tras cumplir condena, realiza los exigentes cursos de sensibilización y reeducación vial de la DGT, que incluyen actividades tan complejas como cantar y escribir a la vez y reflexiones de calado como que «circular por las vías públicas siempre tiene un cierto riesgo». Ni rastro, eso sí, de cómo se reconstruye una vida después de la tragedia.