Diario Sur

LA TRIBUNA

¿Qué tiene Granada que no tiene Málaga?

SUR recogía en la portada del día 17 de octubre la noticia de una manifestación en Granada de 40.000 personas, la más multitudinaria desde la de la masacre del 11-M del 2004. Pero esa vez la cabecera de la pancarta rezaba así: «Por una sanidad pública digna para Granada. Queremos recuperar nuestros dos hospitales completos». Lo que en Granada estaban haciendo el día anterior era denunciar el modelo de fusión de hospitales que fue impuesto por la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía.

La fusión de los hospitales dentro de cada provincia se hizo en 2013 con nocturnidad y alevosía. En Málaga los trabajadores de Carlos Haya y del Clínico se acostaron un viernes y se levantaron un lunes como pertenecientes a un nuevo ente laboral indefinible, ahora bajo una sola gerencia y con todos sus servicios o Unidades de Gestión Clínica (UGC) conminados a fusionarse. Algunos ya advertimos de la inconveniencia de tal medida. Había razones de prudencia. En el reciente libro sobre la 'Historia del Hospital Carlos Haya y sus Pabellones', dedicamos un capítulo a analizar este asunto de las fusiones hospitalarias y en varias tribunas en este periódico hemos hablado de lo que a estas alturas no puede ser considerado sino como un fracaso.

La medida se impuso sin consultas previas ni explicación alguna, se desconocían los motivos, salvo la promesa de un ahorro que nadie entendió bien y, sobre todo, se ignoraba la historia de cada hospital y de cada Servicio. De nuevo el adanismo les traicionaba. Pero había también razones técnicas para la prudencia. En un estudio publicado en mayo de 2012 (antes de que en Andalucía fuese puesta en marcha la medida) por unos investigadores de la universidad de Bristol, se analizó el impacto de la política de fusión hospitalaria entre 1997-2006 en el Reino Unido durante el gobierno del laborista de Tony Blair. En este periodo, de 223 hospitales se fusionaron 112. Los resultados del estudio son bastante clarificadores. De entrada, el motivo inicial para realizar las fusiones fue la presión financiera y el deseo de ahorrar de la administración. De hecho, por un lado, a efectos de plantilla, se redujo de forma significativa la proporción de contratos no temporales, aumentando la proporción de contratos temporales hasta un 33% en los hospitales fusionados. Por otro, cualquier superávit de los hospitales desapareció tras la fusión. Es más, pasaron a ser hospitales deficitarios y acumularon un déficit, algunos de ellos de hasta 3 millones de libras en 4 años (3.5 millones de euros) tras la fusión hospitalaria. Por tanto, la fusión salió bastante cara de llevar a cabo y produjo un claro deterioro financiero de los hospitales fusionados, tanto a corto como a largo plazo. En términos de calidad de la asistencia, en ningún caso las fusiones supusieron una mejora de las demoras en la atención a los pacientes ni en las estancias medias de hospitalización. Es más, los datos sugieren que aumentó tanto el tiempo de demora como el número de pacientes en lista de espera para una intervención quirúrgica por encima de 180 días. Asimismo, tras la fusión hospitalaria se produjo una peor calidad en la asistencia a los pacientes con ictus según un estándar usado habitualmente para medirla, hubo un aumento en la tasa de mortalidad tras el alta a domicilio y también un claro aumento de los reingresos en los 28 días posteriores al alta. En resumen la fusión de los hospitales no trajo beneficio alguno en Gran Bretaña. En una tribuna publicada en SUR (14-10-2014), nos preguntábamos poco después de que la medida fuese impuesta en Andalucía: ¿Hay algún motivo especial para pensar que en Andalucía vaya a ocurrir algo distinto? No, no había ningún motivo. El tiempo, que como dice el refrán pone a todas las cosas en su sitio, las ha puesto también en este.

El resumen del trabajo de los investigadores de Bristol es también el resumen de lo que ha ocurrido en Andalucía, ahora ya cuatro años después de la medida. La fusión de los hospitales en Andalucía ha sido un fracaso ya reconocido por la mayoría de los grupos políticos del Parlamento Andaluz (no solo los de la derecha), e incluso por el propio consejero de Salud actual, quién ha paralizado las fusiones, aunque no se haya atrevido a explicar en público los motivos, ni tampoco a ser consecuente y volver al punto de partida.

También lo dijimos hace tiempo en otra tribuna ('Salvemos Carlos Haya', SUR, 16-3-2015). Cuanto más tiempo pase será peor y hoy, ya, tienen a 40.000 personas en las calles protestando contra la situación hospitalaria de Granada. Ni queriendo lo podrían haber hecho tan mal. ¿Y mientras tanto en Málaga qué se dice? Pues salvo los artículos de algunos periodistas como Ángel Escalera analizando la situación sanitaria y los esporádicos de algunos líderes sindicales, poco más se manifiesta. No quisiéramos ser injustos con algunos, pero el protagonismo de los trabajadores de los grandes hospitales de Málaga brilla por su ausencia. La desmovilización es total. El cómplice silencio de los nuevos líderes profesionales, representados por los directores de las UGC, es muy elocuente. Aun así las fusiones de las UGC están paralizadas y algunos directores o jefes de servicio se han negado a fusionarse y otros han renunciado a seguir siendo directores de las nuevas UGC. La interminable crisis iniciada en 2008 cogió desprevenido a los gobiernos de la época.

La puesta en marcha de la fusión de los hospitales andaluces solo se explica como una medida autoritaria a la desesperada en un intento de ahorro (que no han conseguido) y un mayor control de los trabajadores, que sí que parece haber logrado, al menos en Málaga. Pero Granada debería ser un aviso para navegantes. Allí protestan juntos profesionales sanitarios y usuarios. En Málaga, de momento, languidecemos. Un buen político debería saber leer la inquietud de los ciudadanos, interpretar la realidad y obrar en consecuencia.