Diario Sur

Sarko, 'brexit' y Alsuaga

En medio de las interminables primarias que disputan los candidatos de la derecha francesa para aspirar al trono que casi con toda seguridad dejará vacante François Hollande, Nicolás Sarkozy se reinventa para volver al palacio del Elíseo. Ya cambió de nombre al partido UMP y lo bautizó Los Republicanos. Pero sobre todo teme la sombra de Marine Le Pen que quiere ser la Marianne del nuevo siglo enarbolando la tricolor y la Marsellesa. El Frente Nacional del teatral ultra, su padre Jean Marie, ha dejado paso a la imagen y el discurso más matizado de la hija y amenaza con arrebatar al centro derecha un buen puñado de votos en las presidenciales de 2018. Así que ahí tenemos al consorte de Carla Bruni diciendo en sus mítines de campaña cosas como que «la nación sosiega y la frontera apacigua». Quiere ser el dique que impida la expansión del Frente Nacional pero se desliza irremediablemente por la misma deriva nacionalista que aquellos a quienes trata de replicar. Es un grave síntoma que uno de los países fundadores de la Europa sin fronteras y de los ciudadanos empiece a respirar otra vez el aire tóxico de la identidad por encima de la ciudadanía.

¿Quieren poner otra vez la garita en Hendaya con los flics de gorro cilíndrico y severo bigote para filtrarnos y fisgarnos el pasaporte con cara de pocos amigos? Los que vivimos en los 70 la Europa de las fronteras, las angustias de una escapada a San Juan de Luz contando los francos, revisando la carta verde, escondiendo las botellas de Armagnac imaginamos con pánico la vuelta atrás de la historia. Pero el fantasma de la Europa de las naciones, de las identidades, de las barreras, planea sin disimulo por el continente. Reino Unido se va del club con una Theresa May a la cabeza que hace guiños al más casposo aislacionismo británico. Una muestra de lo mal que van las cosas: El respetable escritor Frederick Forsyth se ha entregado en cuerpo y alma a la causa del 'brexit' y pronostica la desmembración de Europa. Se confunden las costumbres y el folklore con la identidad y la identidad se antepone a la ciudadanía. La ecuación se conjuga en términos reaccionarios: una lengua más un baile, más un poeta nacional, es igual a un estado.

Europa se encierra sobre sí misma y regresan los demonios nacionales que fueron la gasolina del desastre. Algunos hasta quieren fronteras en su pueblo. Alsasua se ha hecho célebre estos días pasados por inventarse sus propias barreras para vivir la ficción independentista dentro del propio pueblo. Se trata de un paso de cebra que marca el comienzo de territorio abertzale. Si lo cruzas, el comando identitario se encarga de recordarte que no eres bienvenido. Porque este hecho aparentemente aislado y anecdótico recuerda algo esencial y terrorífico sobre las fronteras: que para mantenerlas hay que usar la fuerza. Y la mezcla del calor nacionalista, el combustible identitario y el detonante fronterizo conducen siempre a lo mismo.