Diario Sur

Partidos, militantes y electores

Las primarias para elegir a los cuadros dirigentes y a los candidatos a las instituciones ya son una realidad en prácticamente todos los partidos, salvo en el PP, en el que se resiste un sector aparentemente mayoritario, aunque cada vez hay más voces que reclaman la apertura. Y a lo largo del conflicto interno que está padeciendo el PSOE, no deja de invocarse la conveniencia de acudir a las bases para resolver los diferendos, de forma que sea la militancia la que tome las grandes decisiones.

Esta idea de apelar a las bases no es una novedad. Los antiguos partidos de masas hacían gala de un gran número de militantes, que elegían a sus organizaciones, los aparatos. Pero, como ha explicado recientemente el constitucionalista Francesc de Carreras, ese tipo de partidos hace tiempo que está en decadencia y ahora predominan los partidos de electores debido a los cambios tecnológicos, a la crisis de las ideologías cerradas, a la convergencia de intereses e ideas, a la reducción de los antagonismos sociales, etc. «Así, de partidos de militantes (fieles y censados) hemos pasado a partidos de electores (inciertos e hipotéticos, a quienes hay que convencer)». En realidad, los partidos modernos tienen una triple y compleja dependencia. Sus cúpulas, que forman oligarquías abiertas, desempeñan un papel vital de liderazgo, iniciativa e impulso. Su composición debe estar efectivamente en manos de los militantes, que son como los accionistas de la empresa política.

Y determinadas decisiones, como las principales candidaturas o ciertos aspectos programáticos clave, habrían de someterse al criterio de todo el electorado. Las primarias cerradas, sólo para afiliados con carné, y las primarias abiertas, para que se manifiesten también los simpatizantes, habrían de combinarse para dar lugar a una organización en buena sintonía con el cuerpo social.

El asunto es serio y en absoluto banal porque este país padece una seria crisis de representación: los ciudadanos desconfían de los partidos. Y la recuperación de la confianza depende de que los partidos acierten a detectar las aspiraciones de los grandes sectores sociales, sus intereses y sus inquietudes.