Diario Sur

INTRUSO DEL NORTE

La Málaga viva

En esta esquina del Paraíso, en estas cuatro calles del Edén pasa de todo. Así se lo explico a mis alumnos cuando interpretamos qué es un periódico. El periodismo, bien lo dijo el poeta, salva los instantes y canta lo cotidiano. Las alturas y las bajezas del ser humano quedan retratadas en lo que dura un café y la lectura del periódico. Pero insisto, que en estas cuatro esquinas privilegiadas pasa el todo, que es la vida. Leo que Izquierda Unida de Marbella quiere proponer la medalla de la ciudad a Pablo Ráez; y de repente caigo en la cuenta de que por fin la política puede servir para algo. Porque Pablo Ráez es ejemplo de superación, compromiso, lucha y fe. Cuatro ingredientes que salvarían cualquier parlamento, cualquier consistorio. Pero en esta esquina del Paraíso, claro; pasan otras cosas; hay derrumbes y atropellos; hay calles mal iluminadas. Hay concejales saludadores que van y vienen de lo mismo. Hay también grandeza en ese señor de noventa años que canta y baila verdiales por los alrededores de la Catedral; pide unas monedas por hacer que nos reconciliemos con el Ser Humano.

Todo esto pasa en esta ciudad y en esta provincia, pues la ciudad está ahora más viva que nunca. O así me empeño en verla como intruso. Con el crucerista que se lleva su ración de cultura a pesar de sus chanclas con calcetines; con el joven que va a buscar el campero más económico. La ciudad es un mundo en la que continuamente late eso que llaman vida. Cantan los papeles que por estas latitudes vienen a esconderse los delincuentes más peligrosos de la Gran Bretaña. También, a pesar de todo, son criaturas de Dios que buscan este sol nuestro, este sol de España que piensan que puede redimir la peor de las maldades.

Y entretanto, la ciudad está en la calle con sus tipos peculiares e irrenunciables. La ciudad late en sus peñas de barrio, más allá del mármol de Calle Larios, en esas peñas donde alguna noche cae un cante por fandangos entre bingo y bingo, entre vino y vino. Gobierno o desgobierno, pero en Málaga el arte de vivir se lleva a las más altas cotas de perfección. Cualquier domingo en Málaga es una lección de optimismo en el Hombre. Pasa de todo, insisto. Pero sin las nieblas del Támesis, los socavones y los barrios menos dotados duelen menos. Al sol de Málaga, duelen menos las injusticias y los vaivenes de la bolsa. Acá desde el espigón ve uno atardecer el cielo por encima de las torres de la Malagueta. El olor a mar no sé qué tiene de terapia liberadora.

Hay días en que esta ciudad libera de todas las miasmas que llevamos acumuladas. A pesar de los derrumbes, hay 24 grados en octubre y un sol infinito que ya mismo volverá a sacarnos a la terraza.

Hay días, querido lector, en que la ciudad bravía vive por sí sola. Y no le hace falta ni una noria ni un museo. Días en que Málaga avanza, y sonríe, y respira.