Diario Sur

LÍNEA DE FUGA

El perseguidor

A principios de semana sus ojos no miraban nada de lo que tenían delante. Escuchaba con una sonrisa y asentía con la cabeza, pero en realidad no estaba allí. Al menos no lo parecía. Daba la impresión de que su cabeza se había trasladado en el tiempo y en el espacio, desde el martes hasta el viernes, desde el Centro de Artes y Música Moderna de Málaga, esa perla oculta entre las conchas de uralita en un polígono industrial, hacia las tablas del Teatro Cervantes. Allí le esperaban las partituras de Charlie Parker que compró hace una década en Manhattan y que ha tenido seis años «metidas en un cajón».

Ahora las hace música junto a la Orquesta Sinfónica Provincial bajo la batuta de Arturo Díez Boscovich. 'Now's the time'. Ahora es el momento, uno de los 'standars' clásicos de Parker que tocaba el martes en el pequeño escenario de la escuela donde es profesor. Dos rarezas. El centro de formación musical promovido desde el ámbito privado y entusiasta de la Asociación de Jazz de Málaga, con tres años cumplidos y más de 350 alumnos. Y él mismo: Ernesto Aurignac, músico de jazz en la ciudad donde se secan los clubes de jazz, en la provincia que apenas mantiene abierto el oasis alhaurino de El Portón cuando asoma el verano, un par de conciertos pata negra en el Museo Picasso y un festival revitalizado este año con un cartel de relumbrón y enjundia. Eso, y excepciones jazzísticas a la regla local como la cita de pasado mañana con Chucho Valdés y Joe Lovano o el propio recital de Aurignac con orquesta.

Suena el saxofón alto de Ernesto Aurignac y retumba en la cabeza 'El perseguidor', aquel relato de Julio Cortázar sobre Charlie Parker. Prendió la mecha Javier Domínguez, enciclopedia viva y lúdica del jazz, al recordar en la presentación del concierto aquel fragmento de 'El perseguidor' en el que Johnny, el protagonista basado en Charlie Parker, repite «Esto lo estoy tocando mañana, esto lo estoy tocando mañana...». Porque Ernesto, el martes por la mañana, ya estaba tocando en su cabeza el concierto del viernes por la noche. Lo lleva haciendo desde hace meses. Años.

Ernesto se cita con una orquesta en un teatro como el torero que se encierra con seis toros, como el cantaor que pone a prueba el cuajo de su garganta. Ernesto resucita los temas de 'Charlie Parker with strings' después de haber marchado a Barcelona para formarse por las bravas de su coraje; de haber tocado en medio mundo con gente como Chano Domínguez y Perico Sambeat; de haber alumbrado su primer disco, 'UNO', con el apoyo de la Fundación Málaga y de haber firmado con 'Annunakis' una obra de madurez, serena y expansiva al mismo tiempo.

Ernesto escucha algo de todo es y sonríe, pero su mirada sigue como su cabeza, en otra parte. En el viernes, tocando la música de mañana como el personaje de Cortázar. «Johnny seguía mis palabras y mis gestos con una gran atención distraída, como un gato que mira fijo pero que se ve que está por completo en otra cosa: que es otra cosa». Está subrayado en el libro donde sale 'El perseguidor', que al fin apareció en el desorden de la biblioteca de casa. Y otras frases sobre la línea del lápiz de la adolescencia que parecían esperar la llegada de Ernesto, de su momento en el Cervantes: «No toca el saxo para agazaparse detrás en un foso de música (.) En su caso el deseo se antepone al placer y lo frustra, porque el deseo le exige avanzar, buscar, negando por adelantado los encuentros fáciles del jazz tradicional». Porque no ha sido fácil el camino de Ernesto, como tampoco el de Luz Arcas y Rocío Molina, coreógrafas que este fin de semana han colmado la taquilla. Como Ernesto. Teatros llenos para sentir la danza y el jazz. Así que hay esperanza.

Porque Luz, Ernesto y Rocío son perseguidores, cazadores de un sueño y no presas del desánimo. «Porque lo que para él es un fracaso a nosotros nos parece un camino, por lo menos la señal de un camino», escribe Cortázar en 'El perseguidor'. Y está hablando de Ernesto, de Luz y de Rocío. De nosotros clavados en el patio de butacas.