Diario Sur

relaciones humanas

Industriales de la felicidad

La consigna de la felicidad nos persigue sin clemencia. Hoy es prácticamente imposible dar un paso sin tropezar con un anuncio publicitario donde asoma un rostro risueño, con el enésimo libro de recetas para alcanzar la dicha o con las declaraciones de una estrella del deporte que se declara feliz, como si eso fuera una prueba más de su talento triunfador. Ser feliz es una meta ineludible y absoluta, a la que hemos acabado rindiendo tributo sin haber antes clarificado el contenido de la palabra ‘felicidad’. Por si eso fuera poco, a la felicidad por decreto le acompaña la felicidad como negocio, una cazuela de dimensiones fenomenales donde meten su cuchara tanto las editoriales especializadas en textos de autoayuda como la medicina en sus diversas ramas, la cultura del entretenimiento, los servicios de ‘coaching’ y asesoría psicológica, el mercado farmacéutico o la nueva pedagogía centrada más en el bienestar presente del estudiante que en su formación para etapas futuras de la vida.

Pero el culto moderno a la felicidad no se reduce a un fenómeno psicológico y social de proporciones exageradas. La felicidad también es un asunto político y económico de primer orden, y no porque estados y corporaciones la hayan puesto en su punto de mira con intenciones filantrópicas: es porque está comprobado que las personas felices son más rentables que las infelices. Hay por medio, pues, una cuestión de dinero. Cuando se creía que la felicidad, por tratarse de un valor perteneciente al dominio de los bienes inmateriales, debía ser abordada desde perspectivas igualmente desinteresadas, he aquí que supone un factor nada irrelevante de productividad y en consecuencia empieza a ser objeto de estudios y de medidas encaminadas a fomentarla con el fin preferente de obtener riqueza. Así lo explica William Davies en ‘La industria de la felicidad’ (Malpaso, 2016). El subtítulo del libro (‘Cómo el Gobierno y las grandes empresas nos vendieron el bienestar’) anticipa el contenido de un trabajo centrado en la exploración de las nuevas políticas emocionales, cuyos precedentes sitúa Davies en las teorías de Jeremy Bentham y Gustav Fechner. Tanto el empirista inglés como el filósofo y psicólogo alemán intuyeron que si era posible aplicar la matemática al estudio de las emociones para medirlas objetivamente, también lo sería planificar acciones reguladoras de la felicidad de los ciudadanos.

Hoy se dispone de instrumentos eficaces para hacerlo, desde los sistemas de obtención masiva de datos hasta las aplicaciones para la detección y monitorización de indicadores de salud que cualquier individuo puede llevar consigo en su móvil o en su reloj de pulsera. De la veneración de las encuestas y sondeos como modo de evaluación incesante de la opinión hemos pasado a un nuevo estadio en el que los sujetos no necesitan siquiera manifestarse activamente: lo hacen por él los datos que va dejando a su paso en conexiones telefónicas, movimientos de navegación en la red, decisiones de compra registradas en cajeros inteligentes y hábitos de consumo ante el televisor. Ese rastro habla de también de nuestros estados de ánimo, y en ese sentido es usado de manera extendida para tratar de resolver un problema fundamental del nuevo capitalismo, según Davies: desde que las economías dependen cada vez más de nuestro compromiso psicológico y emocional, más efecto negativo ejercen sobre ellas los estados crecientes de infelicidad de trabajadores y usuarios. La depresión no es solo una amenaza global sobre el equilibrio de las personas, sino una merma en la productividad y en el consumo, y como tal ha de ser atajada.

La conclusión positiva es que interesa tener a la gente feliz. La negativa, que esa felicidad buscada con fines de rentabilidad y de control social puede perfectamente ser sustituida por cualquier simulacro de felicidad que surta los mismos efectos. ¿Para qué vamos a ocuparnos de mejorar las condiciones de vida que dan acceso a la felicidad cuando podríamos dedicar muchos menos recursos con mejores resultados en hacer directamente que la gente se sienta feliz aunque no lo sea? No otra cosa persiguen los miles de millones de dólares actualmente invertidos en «monitorizar, predecir, tratar, visualizar los más pequeños caprichos de nuestras mentes, sentimientos y cerebros», según Davies. Ante un tiempo que parece empeñado en dar la razón a Orwell y a Huxley, solo nos queda esperar que las industrias de la felicidad nos procuren formas de bienestar lo menos alienantes posible. Y que junto a la serie interminable de «psicólogos y neurocientíficos del consumo e investigadores del mercado cuyo empeño es que consigamos algún tipo de satisfacción emocional al ganar dinero» de los que habla Davies haya otros para quienes la mejor manera de hacer feliz a la gente no sea hurgando en sus mentes sino reclamando medidas de orden político y económico que la favorezcan. Pero esto ya sería mucho pedir.