Diario Sur

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Democracia y populismo

Con extraordinario mimo las sociedades occidentales han escrito su historia de conquista democrática dotándose de las normas básicas para hacer prevalecer la libertad, la igualdad y la tolerancia. Son los inalienables derechos individuales que nos han permitido y nos permiten desenvolvernos en unas sociedades libres, con todos sus defectos e imperfecciones. Sin embargo, lo ideal casi no existe, y lo más parecido es el propio camino que lo tiene por objetivo final.

Una democracia fuerte preserva y garantiza los derechos de todos y, al mismo tiempo, blinda sus estructuras de estado para que nada ni nadie tuerza la voluntad democrática de su pueblo. Ello no obstante no impide que extrañas paradojas coronen muchas veces las crónicas de la actualidad y hasta las propias instituciones. Que oigamos decir a Donald Trump que reconocerá el resultado electoral sólo si él es el ganador es casi tan vomitivo como leer el pasquín de convocatoria de «rodear el Congreso» el o los días del voto de Investidura, comparándolo con el golpe de estado de Tejero.

Un régimen de libertad conlleva fortalezas y debilidades, quizá por ello 'el pequeño Nicolás' pudo colarse en el Palacio Real con motivo del acto institucional conmemorativo de acceso a la más alta magistratura del Estado de Felipe VI. Ello a pesar de todas las medidas de seguridad, presencia policial y protocolos de todo orden. Por eso en algunas ocasiones, cualquier inadecuado personaje se convierte en alcalde o director general para, a la postre, llenarnos a todos de vergüenza con su comportamiento. Seguramente son fallos inevitables del sistema, es como la famosa dicotomía libertad-seguridad. El asesinato de John Kennedy o el atentado terrorista fallido contra José María Aznar son muestras indiscutibles de que la más perfecta seguridad sólo puede lograrse limitando la libertad ciudadana de forma totalitaria.

Hace unos días la alcaldesa Carmena ponía en cuestión la viabilidad, vigencia y futuro de la democracia representativa. La llamada al referéndum, a la participación de las militancias y al vociferante poder de las asambleas votando a mano alzada empieza a ser tan fuerte como tantas otras mentiras de los populistas más demagogos. En la dictadura no se votan gobiernos ni parlamentarios pero sí se hacen muchos referendos, normalmente son gruesas maneras de dar la voz al pueblo para poder legitimar posiciones o decisiones previamente tomadas. Es fácil, basta con formular una pregunta simple, de un sí o un no, para un asunto complejo y del que sólo se conoce propaganda pero del se obvia cualquier información. Ello o sustituir el censo por el tumulto y aparentar tomas de decisiones con apoyo masivo.

Son muchas las paradojas de la democracia, incluso dar cobijo a grupos que confiesan que su objetivo final es demolerla, derribarla o transformarla en un régimen que no respetaría sus más mínimos principios. Impedir que el ex presidente Felipe González dé una conferencia en la Universidad Autónoma de Madrid por una protesta violenta no es un acto de democracia, sino todo lo contrario. A veces lo obvio también tiene que ser imprimido porque su razón se quiere ocultar a toda costa por tópicas y hasta aparentemente bellas frases, cuyo veneno cuesta detectar.

Muchos creen que el movimiento político de Iglesias está detrás de los incidentes de la Autónoma o de las convocatorias de protesta ante Ferraz y frente al Congreso de los Diputados. Cierto o no, los dirigentes de Podemos afirman entender unas acciones y estar orgullosos de otras, es evidente.

Los valores como el respeto, la tolerancia, la igualdad y la convivencia, son inherentes al comportamiento de dirigentes e instituciones en una sociedad democrática, pervertirlos y atajar su aplicación es de una gravedad difícil de calificar. La irrupción de populistas de todo pelaje en el contexto político y electoral de Europa y Estados Unidos son una prueba para la fortaleza de la democracia occidental.

La familia Bush se ha borrado de votar a Trump, igual que en su día los socialistas franceses y la derecha de ese país decidieron agrupar su voto, en torno a unos u otros, antes que permitir ganar a la populista ultraderecha de Marine Le Pen. Y es que, por encima del color del gobierno de turno, preservar el régimen de libertades es verdaderamente esencial. Nada es permanente por sí mismo, sólo si así lo deseamos y ponemos toda la energía en ello. La crisis económica, el terrorismo y todas las cuitas del momento nunca deben ser óbice para abandonar o cuestionar la mejor senda que hemos encontrado, la democracia.