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AGUSTÍN RODRÍGUEZ DE TEMBLEQUE CEPEDA

La vida no da tregua, felicidad y dolor, alegría y tristeza que se entremezclan en dosis desiguales y aleatorias y nos exigen mantenernos alerta, pero sin perder nunca la pasión por ella, a pesar de todo. A pesar de lo duro que resulta perder un amigo que amaba vivirla y que tanto le quedaba por ofrecer.

Pérez Reverte dice que, «haciendo honor a la verdad, no vale epitafio mayor en un hombre que haber sido honrado y caballero», y aunque se ajusten las palabras no son suficientes para definir la enorme personalidad de Agustín Rodríguez de Tembleque Cepeda.

Porque Agustín, además de ser un hombre bueno, de ser una gran profesional en el desarrollo de su vocación docente, de participar activamente de las inquietudes y problemas de los jóvenes que tenía a su cargo, en la búsqueda permanente de poner a su disposición las mejores instalaciones y recursos o por todo aquello que pudieran afectarles, de importarle sus colaboradores mucho mas allá de las cuestiones puramente laborales, era alguien al que básicamente le preocupaban los demás, y que siempre estuvo atento e implicado en mil causas ajenas como si de propias se trataran.

De tal manera que yo lo he podido ver salir en la ayuda de Organizaciones dedicadas a niños desfavorecidos, de equipos y jóvenes deportistas con escasos recursos, ONGs, cofradías, asociaciones de personas con discapacidad, Centros de acogida, centros escolares o culturales que siempre encontraban en Agustín apoyo y colaboración en esa inigualable capacidad que tenía para ilusionarse, para atender a todo el mundo y empatizar con las gentes, sus razones y empeños.

Una persona normal, pero sobre todo un padre orgulloso y un amigo de sus amigos, un hombre vitalista y divertido que siempre conservó el entusiasmo del niño que todos llevamos dentro, que amaba la vida y lo que hacía, un hombre de mundo que sabía escuchar y dar buenos consejos con esa innata facilidad que le caracterizaba para conocer rápidamente a las personas, un hombre de principios y valores pero sin sectarismo ni fobias, un hombre leal pero con criterio propio. Alguien en quien confiar.

No es de extrañar por tanto que tanta gente lo quisiera. La emoción que nos embarga en su despedida a tantos y tantos amigos como tenía, a los que nos has dejado una huella indeleble y un claro referente para saber seguir viviendo y disfrutando de nuestro tiempo. Por todo ello y mucho más le estaremos eternamente agradecidos.

«Los grandes hombres, sólo con existir, emiten una luz que ilumina a quienes están a su alrededor. Y cuando esta luz se apaga proyecta una sombra pesada, irremediable». (Banana Yoshimoto).

Mi modesto homenaje.