Diario Sur

En llamas

No está mal elegida la metáfora del incendio -ya instalada en el 'top' de lugares comunes periodísticos- para referirse a la propagación de escándalos en las redes sociales. Como en la mayoría de los incendios de verdad, las corrientes de protesta o indignación suelen venir provocadas por una pequeñez. Este verano bastó con que un imprudente turista alemán prendiera fuego al papel con el que acababa de limpiarse el trasero para que ardiese media isla de La Palma. Otras veces ha sido la chispa de un petardo de feria o una colilla arrojada al arcén de la autopista.

Focos mínimos para grandes revuelos, imposibles de controlar sean obra del fuego o se deban a la española costumbre de abuchear en masa al primero que desafía los valores de la tribu. Pero en el caso de las redes sociales no actúan las leyes físicas, sino otras de no menor poder destructivo. Son esas situaciones que el habla popular traduce por coger el rábano por las hojas. Nos encanta elevar las anécdotas a categorías, concentrarnos en detalles secundarios o poco significativos para montar a partir de ahí sólidas teorías, sacar las cosas de quicio y dar importancia a aquello que no la tiene siempre y cuando nos sirva para reafirmarnos en algún prejuicio o alguna idea recibida. «Ahora todos los que habitan el planeta, incluyendo los locos y los idiotas, tienen derecho a la palabra pública», lamentaba Umberto Eco en una entrevista concedida poco antes de morir. No es que se haya multiplicado la estupidez; es que dispone de muchas más ocasiones para hacerse visible. Antes la gente de pocas luces solía estar callada. O bien se reprimía por sentido del ridículo, ese preciado bien en retirada, o bien no encontraba espacio donde manifestarse por mucho que lo intentara. Ahora, en cambio, cualquier insensato con afán de notoriedad puede montar un cirio y, lo que es más asombroso, verse apoyado o criticado -viene a ser lo mismo a efectos de satisfacción personal- por políticos distinguidos o intelectuales de primera fila.

El error no está en el origen del mensaje, sino en su percepción. La tendencia a sobredimensionar las cosas hace que cualquier bobada desate un 'casus belli' simplemente porque alguien ha decretado que se le debe prestar atención. Hay que reconocer que este mecanismo multiplicador cumple una caritativa función social: sirve para dar desahogo a los amigos de sulfurarse, que así se entretienen ante el teclado en vez de dar salida a sus impulsos en la vida real. Pero también da alas a los incendiarios, conscientes de que con un poco de suerte pueden provocar llamas de dimensiones mayúsculas. Y nos coloca al borde de una práctica bastante desaconsejable: la del linchamiento. Se empieza repitiendo una y otra vez «qué barbaridad» en las redes sociales y se acaba acompañando a otros energúmenos que empujan al hereje hasta la hoguera.