Diario Sur

MIRANDO AL MAR

VIGILADOS

ENTRE los automovilistas siempre han existido gran variedad de opiniones en torno a las medidas que los organismos oficiales adoptan con relación al tráfico, ya sea dentro de las ciudades o en las diferentes carreteras. Los más prudentes suelen apoyar todas aquellas decisiones que ponen limitaciones a cualquier intento de utilizar el coche con irresponsabilidad, aunque las prohibiciones no impidan algunos excesos de quienes suelen actuar con ellos en cualquier aspecto de sus vidas. Otros consideran una buena parte de las normas que se aprueban como un intento de aumentar la recaudación a base de multas utilizando radares y cámaras que vigilan cada uno de nuestros movimientos.

Los prudentes creen que ya hay bastante desalmado al volante como para permitirles que puedan pisar el acelerador a su antojo, porque ya no se trata de que ellos jueguen con sus vidas, sino que también están jugando con las de los demás, que en muchas ocasiones son los que, al final, terminan siendo los perjudicados.

Los otros, o algunos de ellos, creen que no es lógico ir aumentando las medidas coercitivas en algunas vías de vital importancia para las comunicaciones mientras se ofrece como alternativa una autopista paralela que cada vez sube más sus precios, sobre todo en épocas de mayor tráfico, como el verano o la Semana Santa.

En estos días se polemiza en las redes sociales sobre el aumento de radares en la A-397 que une Ronda y San Pedro Alcántara, que sumará a los cuatro que ya tenía una nueva instalación que controlará por tramos la velocidad de los vehículos. Esta carretera, con sus innumerables curvas y los barrancos que la rodean, siempre ha sido una de las más peligrosas de la provincia, aunque no la de mayor siniestralidad, que ya los conductores han tenido siempre muy presente sus características, por la cuenta que les traía.

Posiblemente nadie tenga toda la razón o la sinrazón, porque las medidas que limiten determinadas maniobras pueden salvar vidas, aunque eso no hay forma de contabilizarlo en estadísticas oficiales, solamente termina conociéndose la lista de los siniestros. Pero también es cierto que las prohibiciones aumentan y nos las solemos encontrar de pronto, de un día para otro, sin que supiésemos anteriormente que había cualquier tipo de proyecto de nueva regulación. Sin embargo, otros proyectos, aquellos que estaban destinados a mejorar nuestras carreteras en los puntos conflictivos, siguen siendo eso, planificación en papeles o en algún ordenador durmiendo un sueño que se remonta, en algunos casos, a varias décadas.

Es indudable que a lo largo de los años ha ido incrementándose el número de vehículos que pueblan nuestras vías de comunicación y que cada vez hay más desplazamientos por todas ellas, por lo que algunas medidas de control son necesarias. Pero de forma paralela podrían desempolvarse aquellas antiguas propuestas de mejora en las infraestructuras, lo que con toda seguridad facilitaría la seguridad vial de los penalizados conductores. Por ejemplo, en la Costa del Sol, lo que toda la vida ha sido la nacional 340, hoy autovía A-7, cuenta, desde no se sabe ya cuánto tiempo, con un plan de acceso desde las múltiples urbanizaciones que se han ido acumulando a ambos márgenes. El plan contemplaba carriles de aceleración, mejora del asfalto y otras actuaciones que quedaron aparcadas indefinidamente. Seguramente la respuesta al olvido podría ser la de que llegaron malos momentos y que no entraron en presupuesto, aunque sí lo hubo para otras cosas que, por lo que se ve, fueron consideradas prioritarias.

Y qué decir de la carretera de Ronda, que es fundamental para la comunicación con el interior, para la que algunos (sobre todo desde la Serranía) vienen reclamando desde hace tiempo diferentes obras de mejora y solamente se han encontrado con la instalación de vigilancia por radar.

En definitiva las actuaciones de los departamentos de tráfico y de infraestructuras no han desarrollado su trabajo de forma paralela y ahora el resultado es el de la descompensación, es decir, es más difícil moverse, pero nos sentimos más vigilados.