Diario Sur

SINÉCDOQUE

REINVENTANDO

El pasado tiene un extraño efecto antiarrugas. Todo se difumina y los rasgos más marcados son los únicos que permanecen, evolucionados, disminuidos, mostrándose como grandes manchas irregulares en la memoria. Así recordamos a las personas como un par de ojos, un olor. o menos aún, una sensación. Poco a poco, con la pérdida de contacto, lo que nos va quedando es eso: la sensación. A veces ni eso, el vacío, la nada. El olvido. Conforme el tiempo avanza y nos arruga por fuera, la memoria se vuelve plana y amorfa. Mi hermano solía hacerme trucos matemáticos que parecían tener toda la lógica del mundo y al final acababas concluyendo que dos más dos son cinco. No recuerdo el truco, ni cada paso, ni cada operación, ni siquiera de qué color era el bolígrafo que usábamos, solo recuerdo sentirme engañada. El miedo al pensar que el mundo podía ser diferente a lo que creía con firmeza. Un vértigo extraño. La memoria también tiene que lidiar con trucos; si lo que recogemos en nuestra mente no es ni de lejos exacto, sino que se basa en la percepción, mucho menos fiable se vuelve al mezclarlo con esa poderosa capacidad que tenemos para imaginar. La imaginación no es más que una mentira sin mala intención. Y cuanto más imaginamos, más mentimos, más distorsionamos, para bien o para mal, cualquier recuerdo. Hay escritores que dicen no saber distinguir bien entre lo imaginado y lo vivido, y es que a la imaginación no le afecta el tiempo, no se diluye como un recuerdo, sino que puede rellenar cada hueco en la memoria. A veces me sorprende volver a los sitios de mi infancia y encontrarlos tan cambiados, no solo porque a los muros les hayan salido arrugas y manchas, ni porque hayan perdido la luminosidad ni tengan más signos de envejecimiento, sino también porque mi imaginación los había modelado de otra manera. Quizás por eso, nunca podemos volver atrás, y hay que seguir reinventando el presente, el pasado, el futuro.