Diario Sur

LA TRIBUNA

Yo tengo patria

Hace pocos días, cuando salía de la estación de ferrocarril de Montpellier, casi me arrolla uno de sus vistosos y decorados tranvías. Coronaba su frontal el rótulo de su destino -García Lorca- y me enorgullecí de pertenecer a un país capaz de exportar el legado inmaterial de unos versos. Y continué sintiéndome orgulloso cuando llegamos tarde a un restaurante del pueblo pesquero de Séte y un amable camarero, que resultó tener ascendencia malagueña, consultó el rostro del chef y nos dijo: «les atendemos a esta hora porque son españoles». Y me apenó no poder mitigar la nostalgia de España de la granadina que nos vendió unos tiques de un transporte, y que nos transmitió su anhelo de volver a pasear por la calle Recogidas. Hace años, salir fuera de la Península encogía el ánimo; y ahora lo ensancha y permite retornar a tu tierra sabiéndote a hogar y a tu cielo y a tu mar, porque te dejan el grato regusto de lo bien sazonado.

Y hete aquí que, cuando, tan contento, pongo el pie 'en el suelo patrio', como se decía antes, -y por lo visto tengo que pedir perdón por la expresión- se celebra - y vuelvo a pedir perdón- el día de la Fiesta Nacional, en medio de una trifulca política de no te menees. Según parece, celebrar esta fiesta y sentirse español es incompatible con defender los intereses de los trabajadores. Yo no me pongo firme cuando asisto a un desfile militar ni de ninguna otra clase, pero agradecería mucho el trabajo de estos señores si alguna vez me atacan con violencia cuando me siento incapaz de reprimirla. Me resulta difícil entender que aún se añore 'la internacional', por considerar que solo sintiéndose apátrida se tiene legitimidad para luchar contra la desigualdad social y ser solidario con lo más débiles. Pero quizás algo lo entienda, porque muchas de las actitudes de algunos políticos se producen mirando de reojo lo que conviene decir de cara a sus respectivas clientelas. Muchos pronunciamientos grandilocuentes, subrayan obviedades que todos aceptamos, pero que no tienen por qué contraponerse a planteamientos perfectamente válidos - como celebrar una fiesta nacional, como ocurre en cualquier país- para utilizarla como arma arrojadiza. Y es que, para muchos políticos, de tanto leerse en la prensa, se creen que en un país todo es 'Política'.

Me limito a reproducir, por su actualidad, unas palabras de Julián Marías publicadas exactamente hace veinte años: «La mayor amenaza para el porvenir próximo ha sido una dosis de politización, superpuesta artificialmente a un pueblo que no está politizado, que ha llevado a una atenuación del sentido de España como tal, de su continuidad de proyecto histórico, de su fecundidad creadora, de su magnitud real. Desde los nacionalismos, dedicados a la 'historia ficción', y desde una politización partidista empeñada en la descalificación de grandes porciones de la historia, sobre todo cercana, se ha puesto en cuestión la realidad española, y con ello se ha dificultado su posesión y utilización».

Yo no sabría definir los que es mi patria, lo que es España, pero sí soy capaz de sentirla como un peldaño importante de una escalera que empieza su andadura en mi hogar, en mi barrio, en mi Málaga, y que termina en este universo -dicen que hay otros- en que me ha tocado vivir. Y no sé si son sus gentes -sobre todo éstas- su paisaje, el olor de sus calles o el sabor de su mar y de sus frutos. Me gusta releer los versos de Antonio Machado (escritos, por cierto, en un lugar de Lora del Río que conozco), ese sevillano que tuvo 'patria donde corre el Duero' pero que también añora su infancia en los patios y huertos empapados de azahar, en «ciudades con calles sin mujeres bajo un cielo de añil y plazas desiertas». en sus azules y dispersas serranías con arreboles de una tarde inmensa». Por favor, no me obliguen a definir sentimientos, que son tan reales como el pensamiento lógico, para convertirlos en hoces, martillos o sables arrojadizos a causa de espurios intereses políticos. Por favor, déjennos en paz, déjenme en paz para que -parafraseando al poeta- «pueda tornar, con luz del fondo ungido, a la orilla vieja».