Diario Sur

ABOGANDO

Fiesta

ASÍ tradujeron un libro ambientado en la que comienza con el chupinazo y que, gracias a él, al libro no al chupinazo, se ha transformado de un acontecimiento local en uno planetario. Al darle esta denominación genérica pareciera que se pensaba que no había otras a pesar de que el autor estaba siempre de juerga. Y, a lo mejor, no andaba tan descaminado. Porque fiestas hay muchas, quizá demasiadas y algo desordenadas, pero Fiesta, Fiesta con mayúscula, fiesta grande, no sé. En la tierra natal del Nobel aquél no hay duda: el país se paraliza y se echa a la carretera. Aquí al lado, unos días después, tiran la casa por la ventana. En el Reino Unido, sacan las mesas a la calle. Es verdad que en cada pueblo se celebra con mayor o menor intensidad, dependiendo del carácter de cada uno, el día del Santo Patrón -San Pedro de Alcántara, por ejemplo- o el aniversario de alguna efeméride que haya tenido lugar por allí cerca. Y para celebrarlo, tradicionalmente, no se trabaja porque se incluye la fecha en el calendario de las no laborables. Pero parece que no podemos ponernos de acuerdo en elegir la más adecuada. Para que cada uno lo celebre de la manera que quiera. Comiendo en una tienda de muebles sueca, creo, habrase visto, asistiendo al desfile militar, subiendo una montaña, yendo al cine, discutiendo con la pareja, asistiendo a las oficinas de algún Ayuntamiento o quedándose en casa leyendo una resolución de la Dirección General de los Registros y del Notariado, muy confusa, por cierto. Pero regocijándonos porque pertenecemos a una comunidad, esto es, que tenemos más cosas en común que nos unen que las que nos separan.

En un país como España que, aunque algunos se empeñen en negarlo, tiene una historia milenaria no es fácil elegir el acontecimiento más importante. Podría ser el 2 de mayo o el 2 de enero o el 11 de septiembre o el aniversario de la batalla de las Navas de Tolosa o el del pacto de Viriato con Serviliano pero se eligió el 12 de octubre y creo, modestamente, que se eligió bien. Fue, el de 1492, el primer día de una gesta de la que, a pesar de sus errores, propios de la época por demás, nos debemos sentir orgullosos por la generosidad desplegada que dotó a todo un continente de un idioma, de una cultura y de una religión. Empezar a calificar aquello de genocidio es, cuanto menos, una memez colosal. Toda conquista -entonces y ahora- produce consecuencias secundarias lamentables y las de aquélla no fueron las peores, ni mucho menos. No habían pasado veinte años cuando el padre Montesinos pronunció su sermón del tercer domingo de Adviento y Fray Bartolomé también aportaba lo suyo. La mejor prueba de que el acontecimiento merece ser recordado es que los países 'víctimas', según los que quieren re-escribir la historia, tienen en común esta festividad, con diversos nombre, sí. Todos, salvo, ¿por qué será? Cuba y Venezuela. Incluso Belice que se salvó de la catástrofe, parece, porque la colonizaron los ingleses, y hasta Estados Unidos, ejemplo de la convivencia, más bien conmoriencia entre indígenas y alienígenas, donde se celebra el 'Columbus Day' con un desfile fenomenal por la Quinta Avenida. Aquí, en Barcelona, hay unos descerebrados que quieren mover la estatua que es un símbolo de la ciudad y otros que atentaron contra su base. Al almirante no lo pudieron tocar porque está muy alto.

Hay ignorantes que creen que en esto de la Fiesta Nacional metió mano el antiguo régimen sin saber que la idea de recordarla especialmente es muy anterior -de 1913 como 'Fiesta de la Raza' y que fue Alfonso XIII el que la declaró nacional. Y que, ya en plena democracia, se promulgó una ley, la 18/1987, de 7 de octubre, que dispone en su artículo único: "Se declara Fiesta Nacional de España, a todos los efectos, el día 12 de octubre."

Que cada uno haga lo que pueda ese día, incluso trabaje que no hace daño pero que no sea tonto que eso sí que es malo.