Diario Sur

VOLTAJE

Calentamiento global

Vivimos en un completo desbarajuste del tiempo, atrapados en un enorme jet lag estacional en el que se pueden comprar castañas al volver de la playa. El último suceso desconcertante nos sobrevino la semana pasada, cuando comprobamos que en la calle Larios ya han comenzado con el montaje de las luces de Navidad, algo que en esta ciudad se ha convertido en un acontecimiento de una magnitud monumental. No hay que alarmarse. Habrá que esperar al 25 de noviembre, fecha que hay que marcar porque ese será el día en el que descubramos con qué virguería lumínica nos deslumbra este año nuestro Ayuntamiento que, como nosotros, siempre se ha tomado muy en serio el fogonazo y la pirotecnia. Esperaremos este nuevo milagro de la luz eléctrica y mientras tanto celebraremos que por una vez se hagan las cosas con antelación. El de las luces navideñas será un montaje lento y bien calculado aunque la lentitud en el fondo no tenga mucho que ver con la eficacia: en Pedregalejo se ha tardado un año en asfaltar el Arroyo de los Pilones y en cuanto ha llovido los vecinos han visto cómo las alcantarillas escupían su bilis putrefacta. Ahora están de inspecciones, otra vez. Sin embargo, ha sido comprobar que las Pascuas están al acecho lo que ha dejado en un sector de la población cierta emoción apocalíptica. La Navidad ya no empieza cuando se encienden las luces, sino cuando empieza a erigirse su estructura.

La prematura ilusión navideña de los años de nuestra infancia ha mutado a una inevitable sensación de hartazgo y de pánico ante el hecho navideño. No se sabe si esto es madurar o el resultado de la desesperanza. Quizá lo primero, ya que nadie aquí ha perdido el sentido del humor ni nuestra infinita capacidad para acoger el escándalo. El cambio climático tiene por su parte unas consecuencias muy extrañas. Una de ellas es la variación de las estaciones. En Málaga llevamos un tiempo comprobándolo porque las nuevas estaciones son verano, Feria, Navidad y Semana Santa. La progresiva dispersión estacional también provoca que veamos tronos durante todo el año, igual que antes siempre era verano en Málaga. Los gases de efecto invernadero causan el calentamiento global y el derretimiento de los polos, por eso los ciudadanos que viven cerca de las costas se van impregnando de esa sensación de que no va a haber un mañana.

Con la población envejecida, dentro de poco alguien señalará que el sistema de pensiones se ha convertido en una estafa piramidal, y que de eso nos daremos cuenta más tarde. Para entonces, el Pompidou y el Ruso no estarán aquí porque ya se habrá producido la extinción de sus contratos. En su lugar habrá un Carrefour y un Museo de las Gemas fabricado mediante realidad virtual. Quizá toda la ciudad termine así, encerrada en la fantasía, como en un estado de evento permanente, en un festival que no se acaba nunca, en algo total.