Diario Sur

La condena de la desconfianza

Tal vez lo peor de las imperfecciones detectadas en el último modelo del móvil Galaxy Note 7 de Samsung no sea que algunas unidades se consuman en llamas para espanto de sus propietarios, ni que estos hayan pagado por ellas un alto precio que no se corresponde con la falta de garantía de un producto supuestamente de vanguardia. Lo verdaderamente preocupante es que los ingenieros de la firma no hayan descubierto la causa de que los teléfonos se quemen. Aunque las informaciones relacionadas con el caso insisten en las pérdidas ocasionadas al gigante coreano de la telefonía por este contratiempo imprevisto, donde se va a producir la principal merma para la empresa no es en la cuenta de ingresos, sino en la predisposición del usuario. Tampoco se fiarán gran cosa de la firma Volkswagen los compradores de sus vehículos desde el mayúsculo fraude de las emisiones contaminantes descubierto el año pasado. Y mismo modo se supone que muchos consumidores habrán dado la espalda a las grandes productoras de bebidas refrescantes como Coca-Cola y PepsiCo después de darse a conocer los manejos entre estas y determinadas entidades de salud públicas y privadas para minimizar los efectos perniciosos del consumo de azúcar entre la población.

Casos como estos nos enfrentan a la cuestión de la confianza, un elemento indispensable en la estabilidad de todo tejido social. Es la confianza una disposición que se proyecta en tres direcciones: en uno mismo, en los demás y en las instituciones. Si la primera nos garantiza el equilibrio psicológico, la segunda nos proporciona bienestar afectivo y la tercera refuerza nuestra sensación de seguridad. De fallar alguna de ellas, el sujeto se tamabalea. La exigencia global de confianza aumenta en las sociedades complejas que han alcanzado un alto grado de desarrollo, principalmente por una razón: en ellas entran en juego tantos elementos que ningún individuo, por muy capaz que sea, le es posible regular todo aquello que le incumbe. Mientras en las comunidades más primarias basta con disponer de una porción limitada de conocimientos y de recursos para gozar de cierta autonomía y gobernarse por uno mismo, en las avanzadas intervienen un sinnúmero de factores que ni los más preparados alcanzan a controlar en su totalidad. En el juego de intercambios y dependencias mutuas que rige nuestras vidas no solo nos necesitamos cada vez más los unos a los otros: necesitamos creer los unos en los otros. De esa manera al confiar en alguien «la acción es posible a pesar de no saber», en palabras de Byung-Chul Han, dado que la confianza «es un estado entre el conocimiento y el no conocimiento».

Hoy en día no es posible mantenerse en una postura permanente de vigilancia y de sospecha. En todos los órdenes de la vida estamos enlazados por redes que obligan a depender de los otros eslabones de la cadena, pero por esa misma razón crecen exponencialmente las posiblidades de ser engañado ya no por los más cercanos, sino desde otras instancias superiores donde residen conocimientos que nunca llegaremos a disponer. Eso coloca al individuo de nuestro tiempo en una situación paradójica: mientras por un lado tiene que confiar en los demás, y especialmente en «los de arriba» (entendiendo por tales no solo los gobernantes sino también los productores, los técnicos o los especialistas), por otro vive sumergido en una cultura narcisista que fomenta falsas creencias autosuficientes en vez de promover una sana modestia de índole no tanto conformista como adaptativa. En el fondo uno sabe que pinta muy poco en el discurrir de la realidad que le rodea, pero al mismo tiempo se cree dueño de sus decisiones y controlador de los mecanismos que las regulan.

Emerge así un tipo francamente grotesco muy característico de esta época, el del desconfiado por sistema que se cree con capacidades suficientes para defenderse de eventuales engaños y presume ante quien quiera oírle de no permitir que se la den con queso, de no dejarse engañar por nada ni nadie. El drama reside en que mientras aumentan los motivos para la desconfianza se reducen los medios para ejercerla de modo eficaz e inteligente. Y así la desconfianza queda reducida a una mueca persistente y malhumorada, más cercana al resentimiento que a la sensatez cautelosa, a donde van a parar las fantasías de participación de los ciudadanos. Pero no hagamos al desconfiado culpable de una actitud provocada por quienes le defraudan cuando deberían inspirarle confianza, llámense fabricantes sin escrúpulos o partidos políticos anegados en la corrupción. No todo es por falta de oxitocina, esa hormona que al parecer predispone a bajar la guardia y ponerse en manos de otros. Quizá solo extremando las medidas de control –las no menos importantes de las cuales residen en la educación antes que en las leyes– será posible acabar con la «confabulación contra la confianza» que Bauman interpreta como uno de los grandes males de la época.