Diario Sur

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Las urnas territoriales

España es un bien indiviso. Durante cientos de años los españoles se han asentado en los territorios que conforman nuestro país de forma duradera o provisional, emigrando aquí o allá según su conveniencia, necesidad o deseo, y en atención a las circunstancias económicas, políticas o sociales. Hoy también es así, incluso mucho más, puesto que nuestra pertenencia a la UE implica la libre circulación de bienes y personas del resto de países europeos, sin olvidar que vivimos tiempos de gran presión migratoria de otros lugares y de todo orden.

Cada uno de nosotros tiene la naturaleza administrativa de la comunidad autónoma donde reside, no la de la que seamos naturales. Ello implica que, dependiendo de que permanezcamos estables o alteremos nuestro domicilio de unas regiones a otras, será perfectamente posible que a lo largo de nuestra vida lleguemos a ser, por ejemplo, extremeños, cántabros y vascos, sucesivamente y por curioso que parezca, desde un punto de vista estrictamente jurídico. Por lo tanto, al menos en teoría, podremos haber votado varios estatutos y en elecciones de distintas asambleas o parlamentos autonómicos.

No cabe duda de que cuando reivindicamos o nos declaramos gallegos, andaluces, o navarros, lo hacemos en atención a sentimientos de pertenencia a la tal comunidad porque somos allí nacidos o que a ella nos hemos vinculado por diversas causas. Ello, aunque tengamos o no un trocito de nuestro corazón en otro lugar. ¿Cuántos extremeños o manchegos son hoy de Madrid, tras veinticinco o treinta años de villa y corte, y aún atesoran un modesto campito en Navalvillar de Ibor, en Daimiel o Brihuega? ¿De dónde son?

¿Cuántos catalanes vuelven a Rute cada verano, o a Mollina a pasar sus vacaciones en el pueblo de sus padres o abuelos, donde aún tienen una casa y parientes?

Durante años se especuló con la posibilidad de que la gente que abandonó el País Vasco por la insoportable presión etarra pudiera mantener su derecho a votar allí, aún habiéndose censado en otra comunidad. Esa modificación legal nunca se ha llevado a cabo, hay muchas razones para postularla y también para desecharla pero, desde luego, si hay que tomar alguna decisión de auténtica trascendencia, pocos dudan que habría que preguntarles.

Durante cientos, varios o muchos, cientos de años, el poder político ha decidido capitales, obras, enclaves, pantanos o trasvases, carreteras, la ubicación de empresas estatales, puertos marítimos comerciales prioritarios, polos industriales o químicos aquí o allá. Ello, todo ello, ha condicionado nuestra residencia y nuestras vidas, dónde trabajaríamos o hasta en qué lugar nacerían nuestros hijos. Qué decir de la movilidad forzosa de los funcionarios civiles y militares, aquellos que han transitado y residido por todo el territorio y, como abejas transportando el polen, se han fijado a un pueblo o una ciudad creando allí su familia, tras el correspondiente periplo.

No es un capricho el principio constitucional de la soberanía nacional, es historia, tradición y realidad. El fiel reflejo del más equitativo reconocimiento de los derechos inalienables de los españoles, labrados a lo largo de los siglos. Por ello este mandato ha formado parte esencial de todos los textos constitucionales de forma inalterable, con Monarquía o con República.

En democracia las urnas para decidir la forma del estado, la integridad territorial o cualquier otra cuestión de especial trascendencia, serán de todos o no serán. No hay mayor trampa pseudo institucional que la de hacer aparecer como justa o proporcionada una consulta a unos pocos de lo que nos atañe a todos. Aquellos que, en un erróneo e injusto derroche de buenismo, pretenden entender la idoneidad del «derecho a decidir» ignoran que producirlo sería un acto confiscatorio para el resto de los españoles. En días como estos es desalentador tener que explicar que de España, de los españoles, es el Acueducto de Segovia, la Alhambra, el Tibidabo, la Costa da Morte, el Teide, el Monasterio de Guadalupe, Jumilla, el Castillo de Olite, el Turia, la Basílica del Pilar, la Península de Almina, los soportales de la Plaza Mayor de Almagro, la Ría de Bilbao, la Ciudad Vieja de Melilla, Valdezcaray, el Dolmen de Menga, Laredo, el Fuerte Marlborough de Menorca, el Botafumeiro. Y todo lo demás. Si hay algo que decir, lo diremos todos, nuestro pasado y el mundo nos contemplan.