Diario Sur

CARTA DEL DIRECTOR

Libros y política

No sé qué pensarán los estadounidenses, pero yo entre Donald Trump y Hillary Clinton me quedo con Michelle Obama, cuyo liderazgo natural parece empujarle irremediablemente hacia una acción política más activa, como demostró esta semana en Manchester, New Hampshire, donde hizo una emocionante defensa de las mujeres frente a Trump en el que algunos consideran el mejor discurso hasta ahora en la campaña presidencial. Es terrible pensar que Trump pueda llegar a ser presidente de Estados Unidos, pero no tranquiliza mucho que lo sea Clinton. Es llamativo cómo la primera potencia mundial está abocada a elegir entre lo malo o lo peor, en una clara distorsión del sistema. Cabe pensar, por tanto, que el problema de la falta de liderazgo es mundial y no sólo cuestión de nuestra querida España. He de reconocer que una de las últimas decepciones, quizá la que colmó el vaso de mi desconfianza, fue la de Lula da Silva, que en pocos meses pasó de ser una interesante referencia moral a un corrupto más. Y me temo que otros líderes mundiales del siglo XX, que hoy parecen indiscutibles gracias a la Historia, posiblemente no habrían superado un examen de transparencia, ni política ni económica ni ética.

Falta liderazgo intelectual y solvencia moral. Faltan filósofos, un lamento que se traduce en «la nostalgia de una vida intelectual creativa y responsable, que ayude a ver claro aquello que parece confuso, y en la que las ideas rivalicen y jueguen un papel central en la búsqueda de soluciones para los escalofriantes problemas que enfrenta el mundo de hoy», como escribía hace una semana el Nobel Mario Vargas Llosa. En la era de la globalización, la digitalización y la transparencia ha ganado por goleada la superficialidad. Y también la frivolidad. Y por eso personajes sin solidez pueden colarse hasta el primer puesto de la fila. Las televisiones pusieron de moda los realities del corazón, luego llegaron los del deporte y hace poco los de la política, convirtiendo cualquier debate en un gallinero cani y chabacano en el que lo mismo te encuentras a la última protagonista de un vídeo porno, a un periodista deportivo reconvertido en hooligan o a un candidato a presidente del Gobierno. Y todo ello disfrazado a menudo de buen periodismo y en un cóctel explosivo agitado por las redes sociales, donde los descerebrados campan a sus anchas con mensajes que los medios reproducimos sin caer en la cuenta de que alimentamos así a la bestia.

Uno mira el panorama y le cuesta trabajo encontrar líderes consistentes y mucho más referentes intelectuales capaces de hacerse oír entre tanto ruido y entre tanto negocio. Llama la atención que con frecuencia los partidos anden enredados en la búsqueda de un candidato, porque entre tantos no sobresale ninguno. Y el problema no es, como se dice con frecuencia, de la profesionalización de la política, porque ni Suárez ni Fraga ni Felipe González tuvieron una larga experiencia profesional en el mundo privado. Todo lo contrario, ellos, como otros muchos de su época, también fueron políticos profesionales desde su juventud y la mayoría de ellos apadrinados por el poder. Me decía un gran fotógrafo que detrás de sus fotografías hay muchos libros leídos. Ese es el secreto intangible de sus trabajos. Quizá lo que ocurre en estos tiempos de velocidad, de inmediatez y espectáculo es que detrás de los líderes de hoy hay mucha palabrería y muy pocos libros.