Diario Sur

EL EXTRANJERO

El cuento (II)

Érase una vez una biblioteca pública construida sobre un teatro romano. Así, con la barbarie cultural del franquismo asomando la patita, podría empezar el penoso cuento de la llamada Biblioteca Provincial. Si los gestores de la posguerra quisieron dejar constancia de cuál era su concepción del patrimonio construyendo una Casa de la Cultura sobre un monumento romano, sus herederos democráticos parecen empeñados en emular el desprecio hacia aquello que dicen (al menos cobran por ello) proteger. Me recordaba estos días un amigo las palabras premonitorias de Alfonso Canales en 1994, cuando, temeroso y precavido, pedía que no se desalojara la Biblioteca de la Casa de la Cultura hasta que no se hubiera habilitado una sede definitiva para ella. Canales no sólo era un buen poeta sino un bibliófilo empedernido. Alguien preocupado por los libros. Nada que ver con los responsables políticos -del Ministerio y de la Junta- que se hicieron cargo del trasvase de la Biblioteca a ninguna parte. A un contenedor provisional, más almacén que biblioteca.

Ministerio y Junta, Junta y Ministerio. Las dos instituciones, después de un múltiple intercambio de edificios en el que los inmuebles cambiaban de titularidad como cromos en manos de unos niños inquietos, comparten la responsabilidad de que la biblioteca lleve veintidós años varada a la orilla de un descampado de la avenida de Europa. La Junta proyectó, sí, el famoso y fantasioso Parque de los Cuentos con sede en los antiguos convento y cuartel de la Trinidad. La Junta, con el consejero Luciano Alonso actuando como un intrépido Sastrecillo Valiente, anunció a la prensa antes que al Gobierno central que los casi doscientos mil volúmenes de la Biblioteca Provincial iban a concluir su exilio compartiendo techo con aquel Parque de los Cuentos. Sobre esa hipótesis, después de que el destino primero -antiguo Colegio de San Agustín- se descartase, dicen que trabajaron las dos instituciones, una en su calidad de propietaria de la Biblioteca (Ministerio) y la otra (Junta) como responsable de su gestión. Lo que trabajaron, lo que proyectaron o lo que negociaron se esfumó como los genios de las lámparas maravillosas. Ahora nos enteramos de que volvemos a la casilla de salida y el Ministerio piensa instalar la Biblioteca en San Agustín. En un futuro. Cuando el antiguo colegio esté acondicionado.

Eso ocurre en Málaga, la ciudad que quiere hacer de la cultura su sello de identidad. De la cultura audiovisual o museística se entiende. Porque la que representa el mundo de las ideas, la literaria, ha quedado relegada a un tercer plano. Y no sirve el argumento de la crisis ni de la escasez de fondos. Las dos últimas décadas han estado llenas de derroches presupuestarios en festejos de toda índole y en parrandas varias a las que se empeñaban en ponerle el sello de la cultura. Además, la Junta lleva pagados siete millones de euros en el alquiler de la sede provisional. Dinero público. De usted, de todos. O como ellos dicen alguna vez -y parecen pensar siempre- dinero de nadie.